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Sábado 20 de octubre 2018

Columnista invitado

El hombre primitivo arañaba en las cavernas para grabar su testimonio sobre la naturaleza caótica e indócil, el enigma de la cópula —o del amor—, la enfermedad, la vejez, la muerte, pero también la alegría del paraíso terrenal —pasado o por venir— según lo imaginemos como teólogos o políticos.

Quizás en las cuevas de Altamira y Lascaux se trazaron los primeros grafitis (textos y dibujos resueltos en una inescrutable simbología).

La palabra ‘grafiti’ se origina en Grecia, pero en los muros de Roma es donde aparecen esas frases o dibujos relampagueantes de talento creador que constituyen los grafitis (ideaciones políticas, proféticas, amorosas, poéticas, oprobiosas…).

El grafiti ‘moderno’ se consolida en los sesenta del siglo XX, en Nueva York, influido por la cultura hip hop (música, baile y arte), colmando el metro de firmas garabateadas que devinieron en formas artísticas.

En los sesenta y setenta el grafiti alcanzó cotas muy altas. París, mayo, 1968. Celebración de la poesía. Eclosión social —no revolución—. Tentativa única por fusionar política, filosofía, arte y erotismo. Conjunción del amor individual y del amor social. Peripecia de un esteticismo al servicio de una sola utopía: vivir sin amarras, sin consumismo, sin estatus, conscientes del amor-dolor que la vida supone, pero en pleno ejercicio libertario, y mediante la vida, subvertir el orden depravado del poder.

Un grafiti del Mayo de las flores quedó estampado en uno de los monumentales cuadros de la Sorbona: “La humanidad será feliz el día en que el último de los burócratas habrá sido colgado con las tripas del último de los capitalistas”.

Otros que se esparcieron en muros y paredes de París: “La mercancía es el opio del pueblo”, “Abajo el Estado y sus roedores”, “Un pensamiento que se estanca es un pensamiento que se pudre”…

En los ochenta y noventa el grafiti se apoderó de Quito.

Álex Ron publicó dos brillantes trabajos sobre este asunto: Quito, una ciudad de grafitis e Historias de aerosol.

En la década extraviada, la mayoría de “grafitis” fueron producto de un servil mercenarismo: asalariados o convertidos en tales por simpleza mental. Eslóganes obtusos contra todo lo que no fuere el arrogante ofensor que detentó el poder.

En nuestro país hay sobresalientes artistas. Varios de trascendencia internacional: Lady Pink (Sandra Fabara), quien, a pesar de sus éxitos en el mundo con su pintura ‘legal’ (el más reciente en el Museo Groninger, uno de los más notables de Europa), se da tiempo para grafitear: “la adrenalina de la transgresión estética que enajena…”, dijo el genio Basquiat.

Apitatán, con su poética soberbia, no absuelta de socarronería, grafiti más cercano al de una pintura bizarra y lúdica, denunciatoria y tierna, genuinos frescos superiores a algunos ‘murales’ desprovistos de toda traza de ingenio, demagógicos y anodinos; Sofía Martina, La Suerte, y tantos otros…

Por cierto, no todo grafiti es arte.