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Quito se está muriendo de cuatro plagas. Los edificios biombos tapan la belleza de las montañas desnudas. Las aceras cancerosas son un dolor permanente. La abundancia de carros ha convertido la ciudad franciscana en un poblado de eructos. Los grafiteros cambiaron la carita de Dios por el largo rabo del Diablo.

Un terremoto-de-verdad puede remediar los edificios biombos. Un alcalde emprendedor que dialogue con los barrios tendrá aceras decentes y hasta árboles con plumas. El tráfico se arreglará a fines de siglo con miles de kilómetros de Metro.

Sin embargo, no habrá cómo acabar con los grafiteros de Quito, porque la rebelión de las masas trae el hambre de las mesas, la abolición de las misas, el aumento de las mozas y la muerte de las musas.

De pronto, París 68 inventó el grafito filosófico y le dio categoría de grito de protesta y libertad. Los dieciséis años de la guerra de Vietnam elevaron los grafitos a retortijones de conciencia anticolonial y transparente. Las pintas en barrios marginales empezaron a parecerse a las paredes de los baños en colegios de adolescentes obsesionados con la digestión, la sonrisa vertical, los complejos de inferioridad por tamaños grande, pequeño, medio, extralarge. Hubo un regocijo de burros a la luz de las estrellas.

Con palabras altisonantes y categorías para la intelección de los pocos sabios que en el mundo han sido, los sociólogos de la estética de charanga y pandereta hallaron, en la infinita monotonía de los grafitos, una nueva autenticidad. Y desfilaron, en las tesis de maestrías y doctorados y especializaciones, las paredes de mi ciudad con sudores a fisiología rebelde, a muerte de Dios, a orgullo gay, a ultra-feminismo embarazoso, a pro vida, a pro madre, a populismo, a llamados de las piedras del camino a “guardar el sábado”, a “Jesús viene”, a revolución ciudadana construye, a muera Lasso, a viva Fidel y cuyes asados, ceviches de la Rumiñahui, castrar a los pederastas, Rita te amo, aquí vive una lesbiana No se orine en las paredes.
Todo esto es pura paja. El mobiliario de la ciudad, las casas de los vecinos, los muros de los claustros, la fachada de las iglesias, los monumentos a heroínas todo pintarrajeado con fealdad a la vista. Pared y muralla, papel de la canalla.

El Cabildo de Quito Patrimonio de la Humanidad debe expedir una ordenanza sobre los grafitos. Podrán afear la ciudad rota por mil pasquines solo los tatuados de pies a cabeza, previo detector de mentiras, pasados por descargas eléctricas y deportaciones a Caracas para aprender del príncipe de los grafiteros de la lengua, la conjugación del verbo madurar.

Y pese a estos aluviones, Mauricio Rodas ha logrado que el centro-centro de Quito luzca de nuevo bello. ¡Ay!, si se pudiera eternizar.