Gonzalo Ruiz Álvarez

Fútbol, guerra y amnesia

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Viernes 30 de noviembre 2018

La suspensión de la segunda final de la Copa Libertadores entre dos grandes del fútbol argentino y mundial tuvo una repercusión enorme.

Cuando el bus que llevaba al equipo de Boca transitaba, sin suficiente protección policial, un grupo salvaje de hinchas le emprendió a botellazos y pedradas.

Del hecho a la larga espera de los espectadores de un encuentro que se iba a jugar sin hinchada visitante por los siniestros antecedentes violentos entre las barras de muchos equipos argentinos (aquí pasa igual con las barras de dos grandes del fútbol) a la viveza de la dirigencia de Boca de querer ganar el partido en la mesa y sin jugarlo media una gran distancia. Aquí no se trata de vestir camisetas cuando está por medio la seguridad de la gente. El capitán de Boca Juniors sufrió estragos en la vista y otros jugadores fueron golpeados. Inaceptable.

El fútbol está ligado a la guerra. Desde la historia misma hasta el abundante léxico asociado (artillero, ariete, ataque, defensa, cañonazo, etc.) la referencia es evidente. Las banderas y estandartes, hoy llamados trapos, son otra vieja referencia a la militancia muchas veces ciega, emocional, pasional, esa fuerza del amor con el odio al rival acompañan a una masa que poco piensa y reacciona con furia con razón o sin ella.

Hay un libro delicioso de Eduardo Galeano, Futbol a Sol y a sombra: ‘ritual sublimación de la guerra’, comenta. Vale mirarlo.

La web Periódico para todos traer abundantes datos sobre la violencia, en especial en el fútbol argentino, algunos episodios en varios países de los que hoy se reclaman civilizados. La verdad es que los datos son espeluznantes. Al final del largo texto se recuerda que el Rey Eduardo II de Inglaterra suspendió la práctica de fútbol en 1314.

El listado no termina nunca y registra un dato anterior al profesionalismo. En Liniers, en 1916 todo empezó quemando el estadio. Los equipos de Boca, River, Racing, San Lorenzo, Huracán, de los grandes o las rivalidades entre Almirante Brown o Nueva Chicago no terminan. Hay hinchas apaleados, policías heridos, árbitros mutilados, acuchillados, baleados o fallecidos por bengalas fugaces (como aquí en noviembre de 2012). Días después de la tragedia de la Puerta 12, en River, donde murieron 71 personas el recuerdo es imborrable: una montaña de harapos de ropa, zapatos y todo tipo de prenda de las víctimas arrumadas, no se me quitan de la memoria. Tampoco cabe olvidar los 350 muertos en el Estadio de Lima. O en Bruselas, en el partido Liverpool- Juventus (40 fallecidos).

EL COMERCIO publicó en 2017 una cronología de apenas una década escrita por Álex Puruncajas. No alcanza el llanto para lamentarnos por los asesinados de distintas camisetas, víctimas de sus rivales.

En el fútbol, deporte tan bello y expresivo, hay que desterrar de modo urgente la violencia, las barras bravas o los ‘hooligans ‘– que en la misma Europa hicieron de las suyas – . No cabe, sería mezquino, ocultarse en la amnesia o señalar a otras latitud, como si aquí nunca hubiera ocurrido nada.