Monseñor Julio Parrilla

Un futuro estable

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Domingo 05 de agosto 2012
5 de August de 2012 00:03

A la sombra de este tiempo pre-electoral y tratando de entender nuestra propia historia he vuelto a leer un pequeño libro: ‘La rebelión de los forajidos’, de Alfonso Espín Mosquera. Escrito con la pasión del protagonista que, al mismo tiempo, intenta transmitir una experiencia viva. Algo habría que aprender de ella, especialmente para no repetir los mismos errores.

La cronología de los días y de los sucesos, el reflejo de las palabras y de gestos, las grandezas y las miserias de unos y otros, desfilan por las páginas del libro y son, en el momento presente, como un espejo en el que mirarnos. Muchos de nuestros demonios interiores siguen vivos, a pesar de los nuevos afeites y maquillajes. Los forajidos no fueron sólo una asonada en contra del gobierno de turno, sino un gesto de dignidad de una sociedad cansada y abatida ante los abusos del poder. Hoy, la propaganda oficial sitúa al llamado socialismo del siglo XXI en el dinamismo imparable de una revolución exitosa y genial. ¿Será verdad? Al menos, desde la perspectiva lojana en la que me muevo, el éxito proclamado a los cuatro vientos deja mucho que desear. Más allá de estadísticas, cifras y kilómetros asfaltados, está en juego el modelo de Estado, la real democracia, su institucionalidad.

En el libro de Espín lo que más llama la atención son las consideraciones profundas, no las anécdotas. Es decir, las referencias a nuestras calamidades de fondo: la corrupción como cultura o subcultura que todo lo invade o corroe, los malos hábitos de troncha y de reparto de poder, el manoseo de la justicia, la ausencia de una real participación ciudadana o el protagonismo indiscutible del líder de turno, populista de uno u otro signo...

Hoy tendríamos que añadir algunos temas más que, ojalá, no queden camuflados en los pliegues de una campaña electoral siempre dispuesta a repetir, con evidente ardor, las palabras y las promesas. Me refiero, sobre todo, a temas como la violencia, el narcotráfico, el crimen organizado, la independencia del poder judicial, la concentración de riqueza en pocas manos, la falta de inversión no petrolera, la ausencia de oportunidades para miles de jóvenes...

Frente a los avatares de la política de ayer, de hoy y de siempre, siento que la rebelión de los forajidos no debería de terminar tan fácilmente o quedar reducida a un grupo testimonial que, a la postre, entra en el juego del sistema. Más allá de las palabras la vida ciudadana siempre está llamada a ejercer una resistencia ética frente a las venalidades del poder y a ejercer una real fiscalización. La política no puede ser sólo la profesión de unos cuantos, de un grupo, de una tendencia, de un líder, por brillante que sea. Los líderes, como las estrellas, también se apagan... La política tiene que ser resultado del desarrollo, de la institucionalidad, del pacto, de la participación y del control de todos. Son los valores que garantizan la democracia, al tiempo que la estabilidad de un sistema que no puede ser reinventado en cada legislatura.