Farith Simon

La regalada gana

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Lunes 23 de diciembre 2019

Abdalá Bucaram, y su justificación del pacto al que llegó con los socialcristianos antes de su posesión como presidente del Ecuador, además de facilitar el reparto de autoridades del Congreso Nacional, dejó para la historia la frase “me da la regalada gana” cuándo se le pidió una explicación de algo que parecía imposible por la distancia política entre esas dos fuerzas. Esa, la mejor expresión de irresponsabilidad de una autoridad que considera que debe actuar a partir únicamente de su voluntad. La arbitrariedad convertida en el motor de la actuación política, lo contrario a la lógica de la representación y la actuación en nombre de otros.

Regirse por nuestra voluntad y deseo personal tiene una legitimidad indiscutible en el ámbito privado, en general allí prima la autonomía que se corresponde a la lógica de la libertad personal. Muchos sostendrán que no existe tal cosa como libertad para decidir debido a ciertos condicionamientos: prejuicios, sesgos cognitivos y heurísticas de juicio. Usamos atajos de pensamiento para responder con rapidez al entorno -un legado de la evolución- y disminuir el uso de nuestra energía. En la actualidad, gracias a los algoritmos, especialmente usados en las redes sociales, recibimos información seleccionada a medida para responder a nuestras creencias y miedos; esto es una suerte de círculo que reafirma los(pre)juicios. Parecería que existen pocas posibilidades para escapar de los muros que tenemos en nuestra mente. De forma independiente a esto, cada uno de nosotros está en mejor posición para decidir en los temas de nuestro interés. Pero, la “regalada gana” está en todo lado, la política sólo es un reflejo de la forma en que miramos el mundo. Es verdad, las decisiones que tomamos y las acciones que emprendemos, en principio, deben responder a nuestros deseos, expectativas y convicciones, pero no vivimos solos, también tenemos que considerar el impacto de las decisiones y acciones en los demás y en nuestro entorno.

A propósito de esto cada vez es más obvio el desprecio a la legalidad; es verdad, nuestras normas jurídicas no son perfectas, muchas son ilógicas, mal redactadas y no estamos siempre de acuerdo con su contenido, sin embargo, si todos nos creemos habilitados para incumplir toda regla que consideremos inconveniente e inadecuada, el futuro que nos depara es poco esperanzador.

No soy un defensor de la legalidad per se, tampoco soy un formalista o un fatalista, pero mirando el entorno de desorden e incertidumbre en que vivimos parece necesario que regresemos a una regla básica: nadie está por encima de la ley; solo recordar esto podría ayudar a que mejoremos la vida cotidiana en la que todos los días hay muestras de abuso y prepotencia de quienes creen estar por encima de todo y todos. Es hora de parar esta suerte de cáncer que carcome la posibilidad de una convivencia civilizada y nos coloca frente un mañana distópico.