25 de February de 2011 00:00

Flores

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Enrique Ayala Mora

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El general Juan José Flores, primer presidente del Ecuador, tuvo enorme influencia en nuestra historia. Pero eso no lo exime de responsabilidad en los crímenes políticos mentalizados por él o cometidos en su nombre.

Entre los crímenes del floreanismo, el que más llama la atención es la matanza de los miembros de la sociedad El Quiteño Libre, por el cálculo con que fue ejecutada. Flores ideó la trampa, preparó la escena, movió las fichas y se ausentó de la ciudad. La noticia de la ejecución del plan le llegó lejos. Pero a pesar de las “coincidencias”, las pruebas sobre su responsabilidad en los acontecimientos son abrumadoras.

Algunos escritores conservadores se empeñaron en el pasado en exonerar a Flores de su participación en los crímenes y en exaltar su figura como “Fundador del Ecuador” y “Padre de la Patria”. Pero mientras más ha avanzado la investigación histórica, mayor es su responsabilidad, hasta en la muerte de Antonio José de Sucre.

La trayectoria del floreanismo estuvo marcada por numerosos hechos de sangre. Se debe reconocer, empero, que Flores fue un gran militar y un fiel seguidor de Bolívar. Tampoco debe negarse su capacidad para las relaciones humanas y su gran habilidad, que le permitieron orquestar una clientela política amplia y representativa de los intereses dominantes de la época. Que tenía gran respaldo y simpatías arraigadas está más allá de discusión. También está claro que prefería “comprarse” a sus adversarios que liquidarlos. Pero, llegado el caso, tenía sus carniceros para matar a sus opositores dentro y fuera del campo de batalla.

Reconocer sus habilidades, sin embargo, no significa consagrarlo como “Fundador de la Nación” o “Defensor y conservador de la República”. Fue el primer presidente del Ecuador, pero no tuvo la grandeza que la fundación de un país demandaba. Fue un soldado valiente y un político sagaz, pero no tuvo la talla del estadista, la calidad humana y ética para ser el portador de un proyecto nacional. Flores tuvo capacidad para hacerse del poder y mantenerlo, tuvo el acierto de reclutar aliados brillantes como Olmedo y Rocafuerte, que terminaron por combatirlo, pero no fue el grande hombre que el naciente Ecuador requería.

Por lo demás, cualquiera de sus innegables éxitos quedó definitivamente empañado cuando una vez derrocado del mando, se constituyó por largos años en el jefe de las fuerzas militares organizadas en el exterior para recolonizar el país en nombre de aquellos a quienes él mismo había ayudado a vencer en las guerras de la Independencia.

Flores no tuvo la grandeza de quien da a luz una nación. Era solo un gran general y un gran político. Por sus altos talentos de conspirador y palaciego fue calificado por uno de sus contemporáneos como “El Rey de la noche”. Ese título le queda mejor que “Padre de la Patria”.

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