12 de February de 2011 00:00

Festival de sangre

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Andrés Carrión

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Hace 30 años Quito se conmovió, se estremeció por un parricidio que fue calificado por la prensa como: “El descuartizado de San Francisco”. El cuerpo del infortunado apareció en una de las esquinas de la plaza símbolo de la urbe. El aturdimiento fue total. La Policía investigaba, las autoridades daban declaraciones, los jueces actuaban y el país en su conjunto estaba aterrorizado.

El espíritu de la ciudad no estaba acostumbrado a asistir a una situación como la que se descubrió. Entonces, todo era sobresalto. Todo era consternación y perplejidad. Así nos afligía un asesinato. Así nos impresionaba un crimen.

Hoy el homicidio, la violencia y la delincuencia son cosas triviales y baladíes. Son pan de todo momento. Nuestra ciudad y el país se llenan de sangre las 24 horas del día. Sangre y sufrimiento diseminados bajo una técnica de delivery nos llega en entregas matinales, vespertinas y nocturnas. Desayuno, almuerzo y merienda de crónica roja con un valor agregado, servicio a domicilio.

El bombardeo de imágenes cargadas de desolación y sangre nos hace insensibles. La tragedia se vuelve un lugar común. Las lágrimas de la viuda o de los huérfanos nos resbalan. Se explota la desgracia ajena y se mercadea con la basura sensacionalista. Se utiliza, incluso, una especie de maquillaje para presentarse como noticia de la comunidad.

Es en las barriadas más lamentables en donde se consiguen los cuadros y las imágenes más sangrientos para llenar su ansiedad de morbo. Nunca aparecen las “buenas ciudadelas” o las “familias honorables”. Siempre es el lumpen, son los que no pueden demandar o quejarse por haber sido exhibida su desgracia en esos canales de televisión.

Este festival de sangre es con el que se alimenta una sociedad violenta, no es la fiesta de los toros únicamente, son los cañoneos sistemáticos de crónica roja los que producen violencia.

Cuando se presencia este concierto maldito de sangre y dolor uno siente bronca. Son estas las razones que justifican y explican la necesidad de una Ley de Comunicación. Que no se hagan las víctimas, que no se protejan en la libertad de expresión cuando por la difusión de esos contenidos editoriales se han convertido en los mejores impulsores de una norma que se vuelve urgente para controlar a los medios y defender a la sociedad.

Fuimos irresponsables desde los medios en el pasado, recolectando una enorme cantidad de errores, ahora estamos dando pasto fértil y frondoso para los promotores de la ley. Pocas cosas serán aprovechadas al máximo en contra de los medios como el florecimiento de la crónica roja en las pantallas de TV. El consorcio entre medios y violencia se expresa este momento en su máxima fastuosidad. Ya vendrá el crujir de dientes y el rasgarse de vestiduras.

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