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Sábado 07 de enero 2012
7 de January de 2012 00:01

El pasado jueves 5 recibimos tantas felicitaciones por el Día del Periodista que algunos nos sentimos sorprendidos.

¿Por qué desearnos un “feliz día”? ¿Qué méritos especiales tenemos frente a los otros ciudadanos para que ellos nos celebren como si fuera un cumpleaños?

Incluso -y esto es bastante contradictorio- por correos electrónicos llegaron saludos de los ministerios e instituciones estatales dependientes de un Gobierno que reniega del periodismo no oficialista.

Más allá de las felicitaciones y los saludos, espontáneos o impostados, caben algunas preguntas y reflexiones que puedan llevarnos a entender lo que está ocurriendo con el periodismo en el Ecuador.

¿Por qué hasta hace pocos años la celebración se limitaba a pequeños grupos de periodistas, medios y gremios?

¿A qué se debe que cada vez más personas recuerden la celebración del aparecimiento de Primicias de la Cultura de Quito, bajo la dirección del visionario científico, médico y periodista Eugenio Espejo?

La respuesta podría encontrarse en una explicación sencilla: en los últimos años, la sociedad ecuatoriana ha tomado conciencia de la importancia del oficio como herramienta para pensar el país.

Pero, como consecuencia de ello, la misma sociedad demanda de nosotros enfrentar el desafío histórico de superar nuestras carencias profesionales, buscar la excelencia y acercarnos más a lo que quiere y necesita la gente.

Eso implica elevar mucho más nuestra calidad informativa, volver cada vez más plurales los espacios de opinión, abrir la agenda temática a las demandas noticiosas de los ciudadanos, ser mucho más rigurosos, equilibrados y comprometidos con la ética y enfrentar el desafío digital.

Bajo las sombras y entre los temores que implicará tener por encima un consejo de regulación de contenidos dominado por el oficialismo y una ley de comunicación confusa y sesgada, nos tocará dejar a un lado nuestra tendencia a la victimización y deberemos continuar esforzándonos por superar los obstáculos que el poder político, por esencia, pretenderá ponernos en el camino.

La historia y la sociedad no nos perdonarán si callamos, si ponemos el miedo como pretexto, si nos autocensuramos, si no somos capaces de asumir los riesgos que implica ejercer el oficio en tiempos difíciles para la profesión.

Tampoco nos perdonarán si hacemos un periodismo superficial, al apuro, sin contar historias, sin crear espacios de deliberación ciudadana, sin autocrítica ni pedagogía, sin reaprendizaje.

Gracias a quienes nos saludaron sinceramente el 5 de enero. Pero su tarea va más lejos: deben exigirnos defender nuestros principios cada día, a pesar de los crecientes peligros que se ciernen en un país altamente ideologizado, polarizado y violento.