Patricio Quevedo

¡Fechas olvidadas!

valore
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 1
Miércoles 11 de julio 2012
11 de July de 2012 00:01

Lo dicho: aunque parezca increíble, hasta respecto de las efemérides nacionales, es necesario disponer de unas considerables dosis de buena suerte, si es que se aspira a que el suceso correspondiente sea recordado con la significación y el aprecio que son de justicia.

Para demostrarlo, basta con fijarse en el caso contrario. Por ejemplo con lo que ocurre con una fecha tan cercana como el lunes 9 de julio. Algo le pasa a esta fecha. El primer mensaje telegráfico del Ecuador fue transmitido ese día ya que un presidente poco querido y peor estudiado, como fue José María Plácido Caamaño, inició el servicio de telegrafía en nuestro país. Caamaño estaba comenzando su ejercicio de primer magistrado y también estaba inaugurando un singular e interesantísimo período llamado el “Progresismo”, en el cual sería sucedido por Antonio Flores Jijón –hijo del presidente general Juan José Flores, y después por el cuencano (Déleg) Luis Cordero, quien no alcanzaría a completar su mandato ya que estalló la revolución liberal acaudilla por Eloy Alfaro.

Es una lástima –y es muy desorientador– que aún los ecuatorianos no dispongamos de un valedero estudio historiográfico de esos doce años, pero lo cierto es que el Progresismo intentó algo tan difícil como la cuadratura del círculo, ya que se había puesto el ideal de evitar los extremismos: ni el conservatismo, ni el jacobinismo demagógico de los liberales. Además fiaba mucho de la “tolerancia” y estimuló un auténtico florecimiento de las todavía lánguidas actividades culturales.

Exactamente treinta años después, y luego de innumerables avatares, otro nueve de julio alcanzó figuración protagónica. Se le suele designar como la revolución de los militares jóvenes, porque todo arrancó del entusiasmo de oficiales de baja graduación, quienes estaban empezando recién su vida castrense y a quienes les movía el romántico espíritu de acabar con la denominada “bancocracia”, o sea el dominio de los bancos privados, particularmente el “Comercial y Agrícola”, fundado por el hijo del general José María Urbina y su esposa peruana. En tal caricatura habían venido a parar el “radicalismo” de Alfaro, la influencia de los capitales extranjeros y los afanes entre populares y “macheteros” del movimiento del ’95.

El sano afán de evitar los personalismos, llevó a los militares al error de establecer “Juntas de Gobierno” que trabaron el desempeño oficial. Como solución de emergencia se acudió al médico lojano Isidro Ayora, quien creó el Banco Central y expidió una Constitución contrahecha, que provocaría peripecias y borrascas a las que se ha calificado como el período más inestable de toda la memoria republicana: vertiginosa caída de mandatarios, guerras civiles e invasión peruana.

De allí surgió José María Velasco Ibarra, quien impuso la libertad de elecciones y con eso instauró la democracia formal en el Ecuador.