Farith Simon

A golpes como varoncitos

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Es estremecedora la filmación en la que se puede ver a tres personas golpear, de forma salvaje, a dos guardias de seguridad en una urbanización privada. La acción, y las reacciones posteriores ante este hecho han puesto en evidencia -nuevamente- algunas características de una sociedad que soslaya y minimiza el clasismo y racismo que existe, no como algo aislado o anecdótico. Somos una sociedad partida, en la que el origen social o la pertenencia étnica son usados como una expresión de inferioridad o superioridad. Cholo, indio, longo, negro, aniñado, pelucón, se usan como insultos. Vemos con frecuencia tratar despectivamente a quienes brindan ciertos servicios, nos sorprende la prepotencia y el desprecio, pero más el silencio que lo justifica.

No todos actuamos así, pero son muchos los que sí. Correístas, bucaramístas y gutierrístas, solo para recordar el pasado político reciente, han explotado esto desde el populismo, promoviendo una suerte de lucha de clases: pueblo en contra de ‘aniñados y pelucones’. Quienes justifican lo sucedido piden no perder de vista que, del otro lado estaban unos guardias irrespetuosos, avalando así una acción violenta. Aclaran que “se les fue la mano”, como una exculpación que no cuestiona el fondo de lo sucedido. Algunos repudian la forma en que se ejerció la violencia: no es de ‘varones’ eso de golpear en grupo y ofrecen como solución enfrentar a los agresores “uno a uno” para que aprendan lo qué es ser un verdadero varón. Así, justifican la violencia como una expresión de virilidad, presentándola como un rasgo positivo, como lo han hecho algunos personajes políticos. Es imposible olvidar a un ex Presidente de la República, y a varios de sus opositores, desafiándose a los golpes para dirimir sus diferencias.

Un mínimo sentido de civilidad debe llevarnos a repudiar la violencia como un medio de relacionamiento social, de solución de conflictos, pero la educación parece enviar mensajes contrarios, de hecho se fortalece la idea de que rehuir al enfrentamiento físico es señal de debilidad.

Lo sucedido en el sistema de justicia merece un capítulo aparte, deja al descubierto una serie de patologías de un sistema en el que, funcionarios de la fiscalía, minimizan la gravedad de los hechos para asegurar salidas fáciles a quienes tienen poder y contactos. Exámenes superficiales, calificación de la acción como contravención y un arreglo rápido con poco dinero de por medio, mientras tanto las víctimas desprotegidas e impotentes ante la injusticia.

La tecnología, las redes sociales y la indignación mayoritaria parecen haber creado las condiciones para que este caso no quede en la impunidad, pero no nos engañemos, los problemas de fondo siguen intactos y parece que no sabemos o no queremos enfrentarlos, ya vendrá un nuevo escándalo que reemplace a este, y olvidaremos lo sucedido mientras la convivencia social empeora. Pensemos por un momento, de seguir así, qué sociedad heredaremos a nuestros hijos y nietos.