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Una familia ejemplar

Todas las familias son dignas de respeto y aprecio, pues sus miembros son hechos a imagen y semejanza del Creador que alienta en cada una de las almas. Importa, entonces, ser fieles a las gracias divinas concedidas a todos los humanos.

Sin embargo, hay familias donde resplandece más el Espíritu, llamadas a ser ejemplo para todos, en las que brillan singulares carismas que se destacan desde la más tierna infancia, como la inteligencia, la simpatía, el bien y buen obrar, y no en uno solo sino en varios de sus integrantes, al extremo de reconocerse una región entera por el apellido de sus eximios: los Mera, los Cordero, los Eguiguren, los Cordovez: pensamos en ellos y al punto se nos viene a la mente el nombre de la ciudad donde se manifestaron sus excepcionales atributos, el primero de todos, el servicio social.

En todo esto he pensado al recordar a tres ilustres riobambeños, los Ramos Mancero: Alberto, de las Escuelas Cristianas; Miguel, jesuita; y Gustavo, doctor en derecho por la U. Católica, querido compañero por ser, también, alumno fundador. Unas breves líneas para ellos. El hermano Alberto falleció en Quito, el l5 de enero de este año, sobrepasados los cien años, pues había nacido el 24 de julio de 1910.

Apenas tenía 13 años cuando siguiendo su vocación ingresó al noviciado de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. A los 16 tomó el hábito que honraron San Juan Bautista de la Salle y nuestro Hermano Miguel, a quien Paulo VI elevó al honor de los altares declarándole Beato y Juan Pablo II proclamó Santo. Alberto Ramos emitió sus votos perpetuos a los 25 años.

Toda su larga vida estuvo dedicada a la enseñanza católica de niños y jóvenes. Sobresalió en dos de los múltiples campos de su acción evangelizadora: la formación de novicios y la educación musical: coros estudiantiles, textos y cancioneros, villancicos.

Miguel Ramos Mancero, sj, con rigurosos estudios en Ecuador, España y Colombia, tenía la ortodoxia y férrea voluntad de su tío el jesuita Luis Mancero Villagómez, postulador de las causas de las santas Mariana de Jesús Paredes y Narcisa de Jesús Martillo, a más de afinada sensibilidad poética y singular don para conducir las almas por los caminos de la ascesis, director asiduo de los afamados ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola. Por su delicada salud se le pronosticaba una muerte temprana, pero sobrepasó los setenta. Fue un puntal de la Conferencia Episcopal.

La muerte de Gustavo Ramos Mancero, poco antes de cumplir 85 años, ha conmovido a Riobamba, a la que sirvió siempre con abnegada dedicación en funciones públicas y como catedrático y jurisprudente. Sus honras fúnebres en la Catedral fueron muestra del respeto y aprecio. ¡Y qué delicados y sentidos los testimonios que en aquella ocasión dieron sus hijos y nietos, recopilados en el hermoso libro “en memoria de su eterno Amor”!

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