Fabián Corral

Entre el cinismo y la integridad

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Lunes 21 de enero 2019

Alienados por la pequeña política; abrumados por los proyectos de salvación de los miles de candidatos a todo; ahogados por las noticias sobre un país enfermo de corrupción y mediocridad; asombrados por las tragedias que deja el crimen; espeluznados por tanto desafuero; frustrados por la inutilidad de la Ley, por la caducidad del sentido de autoridad, por la tontería de unos y la audacia de otros. Y porque vemos cómo asciende la insignificancia y trepa la desvergüenza.
Así vivimos ahora, sin tiempo y sin paz para mirar a otra parte y descubrir que, bajo la superficie putrefacta, aún hay gente que lucha por sobrevivir sin renunciar a sus valores, sin olvidar la integridad, sin abdicar de aquello que alguna vez se llamó honradez, y de ese civismo que se suprimió en las clases y en la vida, para suplantarlo por cargas ideológicas que han envenenado y esclavizado a las sociedades.

Mirar un noticiero es asistir a la caída libre de una república, y, lo peor, de un sistema político que camina a ciegas, sin respuestas; es ser mudo testigo de cómo las sociedades se suicidan, de cómo nos negamos a mirar lo bueno, a darle espacio y tiempo al sentido común, a la sensibilidad que permita digerir tanto desastre. Hemos suplantado la vida, la sencilla vida nuestra, con la telenovela que nos venden cada noche y cuyo argumento fundamental es el cálculo, la competencia despiadada, la mentira disfrazada de verdad, la libertad entendida como sometimiento a la publicidad comercial y a la propaganda política.

El cinismo, que se va metiendo en cabezas y corazones, apela al argumento de que “así mismo es”, de que siempre ha sido lo mismo. Semejante consuelo conduce a la indolencia, y al acomodo. Y con frecuencia, al aplauso, a festejar la viveza, a justificar al pícaro porque “ha sido pilas”, síntoma de que la enfermedad no se agota en el Estado y la política, y de que la trampa, la zapada, quizá son parte, como alguien dijo, de una “sociedad de ladinos”.

¿Se puede restaurar la ética; se puede intentar ir por otro rumbo en medio de la barahúnda electoral, entre los cálculos y medianías que agotan las agendas? ¿Es posible hablar con calma, pensando en el país, sin estrépito y sin discursos?
Quiero pensar que sí es posible. Que allí hay una tarea grande para la gente que no ha renunciado a vivir honradamente, que no quiere ser millonaria por arte de magia política, que le pesa la conciencia, que cuida de sus valores, que se precia de su nombre. Hay una tarea grande para las universidades, y sobre todo para las familias –si aún hay familias- como célula de la sociedad.

Todo eso, claro está, es extraño al smog que nos ahoga y a la farra interminable. Se necesita un poco de aire fresco, un poco de llovizna que limpie tanta basura.