Fabián Corral

¿Espionaje, chisme, conspiración?

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Lunes 06 de agosto 2012
6 de August de 2012 00:03

¿Qué mismo es lo de Assange, espionaje en contra del imperio, conspiración en beneficio de la transparencia o simple chisme elevado a la categoría de moral pública? Sí, es necesario saber en qué incurrió el personaje, y si en realidad es el símbolo de la posmodernidad contestataria en que le han convertido; si vale la pena jugarse diplomáticamente con Inglaterra, Suecia y Estados Unidos al concederle asilo; si no hay un malentendido político en la comprensión de su tarea de hacker, o de hábil manipulador del mundo mediático.

Los wikileaks no son sino filtraciones de correspondencia diplomática, revelaciones del mundo oculto, o al menos discreto, en que desde los tiempos de Maquiavelo se mueven las relaciones internacionales. Son invasiones a lo políticamente vedado, y de allí su atractivo, que es el mismo que tiene el chisme, la indiscreción, el destape de la intimidad de las personas. Me temo que la tarea de Assange, cuyos proyectos solo conoce el mismo, no sea tan purificadora y altruista como se cree. Dudo que la demolición del secreto diplomático, emprendida con tanta eficiencia por el hacker, tenga propósitos tan nobles como la defensa de la libertad de información y, menos aún, el combate ideológico contra la República Imperial de los Estados Unidos, cuya prosperidad le ha quitado el sueño, desde siempre, a los caudillos menores de América Latina.

Mientras no vea pruebas irrefutables en contrario, dudo que Assange tenga tanto vuelo ético, desinteresado y heroico. Más aún, creo que tras él hay una inteligente explotación de la vocación por el chisme, de la malsana ansiedad por revelar y conocer lo oculto. Y creo que hay una gran habilidad para explotar lo mediático a costa de la ingenuidad de medio mundo. Y claro, en la edificación de famas sobre la espectacularidad, coincide el hacker con el juez Garzón, otro producto de la cultura del show, quien, más allá de las acciones judiciales que hay que reconocerle, catapultó su figura enganchándose en la noticia, en la biografía anticipada, en la oportunidad que le dieron los medios para consolidar una imagen redentora.

Ambos, Assange y Garzón, aparecen de pronto en el Ecuador del despiste, como una pareja de redentores de última hora, el uno, de la libertad de información y de la transparencia diplomática, y el otro, paladín internacional de una reforma judicial, que más que éxitos empieza a cosechar críticas. La coincidencia, llamativa por decir lo menos, es que el hacker se refugia en la Embajada ecuatoriana, clama por el asilo, envía como emisario sentimental y político a su madre, y de pronto, en los mismos días, el veedor de la revolución judicial, el juez Garzón, se transforma en el abogado de la causa del australiano. Y todo ocurre en esta República sudamericana, usualmente tumultuosa, cuyo Gobierno ha empuñado también la lanza de Don Quijote para emprenderla contra los molinos de viento.