Enrique Echeverría

El día del robo

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Lunes 14 de octubre 2019

Muchos ciudadanos habrán meditado: los dos últimos “paros” (el de Carchi y el Nacional) se desarrollan ante la cercanía de procesos electorales. En esos actos cívicos, no faltan justificativos comunes: la falta de atención del Gobierno a las necesidades de obras de “infraestructura” unas; de ornamento y fiestas conmemorativas con baile incluido, otras.

La invocación central y preponderante para justificarlas, es la suerte de los “pobres” (antes); de los más pobres, ahora, mencionándolos hasta la fatiga en los discursos, pero en muchos casos el interés central es un fin personal: ser reelegido para continuar en el cargo; o, algunos nuevos, para acumular votos y arribar a las mieles del poder. Esta regla tradicional sufrió un cambio peligroso ahora, pues no advirtieron que la delincuencia ha crecido peligrosamente y, organizada, opera inclusive desde la celda de la prisión.

Con la pasión política a cuestas, algunos “luchadores” parecen buscar resultados inmediatos. En el caso actual partidarios del finado mandamás, Rafael, sugirieron que la Asamblea examine los actos del Presidente Lenin; y, claro, que se lo destituya. Así el poder retornaría a sus manos llenas (perdón, limpias) y sus corazones ardientes para salvar a los más pobres.

No hacen falta lentes de aumento para advertir que el señor Guillermo Lasso está ya en campaña; que se menciona al ex alcalde de Guayaquil, señor Jaime Nebot. Empezarán a “sonar” otros nombres para la lid. No sería extraño que partidarios del Presidente Moreno propongan la reelección. Esto es normal.

En la lucha cívica, algún o algunos dirigentes (hablo del pasado) anhelan ir a prisión corta. Si se produce heridos, cuanto mejor; y si, un muerto, lo convierten en estandarte e insignia por tiempo corto y, luego, lo olvidan.

¿Cuánto cuestan los daños directos a los perjudicados? Almacenes vaciados; servicios de alimentación privados de su ingreso; automotores lesionados y hasta incendiados; transporte nulo; empresas semi paralizadas porque sus trabajadores no pudieron llegar a la labor; etc, etc, etc. Todo esto no ayuda a la economía de nadie, menos a los “más pobres”. A los promotores del paro nada les importa más allá de sus pasiones e intereses. Luego, algunos dirán que trabajan “a pérdida”, pero el SRI demuestra que sus fortunas aumentan. Y qué decir de los policías heridos y de los militares secuestrados. El valor de los alimentos con elevaciones absurdas. Los especuladores tienen argumentos que, al final, desembocan en el precio de la gasolina.

Desde luego, los actos delictivos se justifican con un argumento tradicional: no somos nosotros, “son los infiltrados” sin precisar quienes son.
Es deber de los políticos decentes actuar contra esta corriente propia de desquiciados. Ya hay reacción social.