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Engaño, traición y desconfianza

El presidente de México nieto de un exiliado cántabro español, pide al rey de España que se disculpe por la conquista de su país.

Desvelar cuánto sucedió desde que llegó el metellinense Hernán Cortés en 1517 hasta que en 1521 cayó vencido el azteca Moctezuma, ha sido motivo de varias tesis doctorales y preocupación de notables intelectuales e historiadores que publican muchos libros.

Según la teoría de algunos antropólogos, para camuflar el colonialismo interno, similar declaración podrían hacer los políticos de otros países hispanoamericanos que tienen el idioma, la religión, los oficios y la cultura del conquistador, convertidos de manera irreversible en factores de su identidad nacional, no racial porque la raza fue un invento de los ingleses del siglo XIX.

El mariachi, el vals o el pasillo, no habrían sido posibles si los españoles no hubiesen llegado. Tampoco la fritada en Ecuador, por ejemplo. ¿Por qué pedir perdón? ¿Quiénes deben hacerlo? ¿Los estados? ¿Los descendientes directos de los fundadores de las hermosas ciudades en América y primeros terratenientes, propietarios de latifundios, haciendas con casas, animales e indios que no volvieron a España? ¿Los descendientes de los conquistadores y los colonizadores que se quedaron en el territorio americano?

El encuentro entre la cultura occidental que sabía del precio del oro, y aquella que lo desconocía, entre quien anteponía el yo al nosotros, el individuo al grupo, el dios abstracto frente al concreto, es sobre todo el hallazgo de un hecho cultural que dio lugar a un incomparable proceso social inesperado, no previsto, complejo, continuo con enorme dinamismo; consecuencia del encuentro entre dos cosmovisiones incompatibles, de la mezcla explosiva de la ambición, del calor íntimo del extraño compartido con la aborigen.

Paradójicamente desde el principio del engaño (Cortés) y de la traición (Malinche) mutua, emergió la desconfianza y con ella, la deslealtad. Así consta en la historia: por un lado el resentimiento, el rencor y la sumisión rebelde y contenida del dominado y por otro, la imposición del amo de los gobiernos.

El nuevo alcalde de Quito, distinguido médico y radiodifusor, con auténtico apellido que hace honor a su tierra, Guano, tiene la posibilidad de recuperar el valor ancestral del nosotros frente al yo, tal como se manifiesta en las mingas, patrimonio cultural intangible (de la humanidad). Ojalá en lugar de perder el tiempo en formular preguntas al rey de España, dedique sus esfuerzos a buscar soluciones para los tres mil campesinos que llegan diariamente a Quito en busca de mejores condiciones de vida, dispuestos a levantar más barrios ilegales porque no tienen otra alternativa. Mitigar la metástasis urbana es responsabilidad prioritaria del Municipio, no de la empresa privada o de los conquistadores.

Columnista invitado