Marco Antonio Rodríguez

Endara Crow en el tiempo

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Miércoles 18 de julio 2018

Columnista invitado

Para entrar en tu universo, Gonzalo, es indispensable iniciarse ante un chamán auténtico: ellos no piden nada a cambio pues sus dones los reciben del agua. Luego de un ritual de ayunos, abluciones y cáscaras de floripondio que vivifican las pupilas, exorcizados del asombro de morir en nuestro infortunado presente (América está más lejana que nunca de unirse en una sola mano como el oro y la plata que albergan sus entrañas), miraremos nacer de trenes portadores de quimeras, encaramados en el cielo, globos y manzanas invadiendo el letargo de caminantes imperturbables, portentosos huevos posándose con levedad por tejados, alcobas y lomeríos, mazorcas esparcidas como vientres fecundados, mariposas, aves, peces engullendo las burbujas del tiempo: la cartografía de un continente nuevo y libre.

Desde la intersección de este entramado, turbulento y luminoso, rescataste nuestra realidad honda, ímproba, tremenda, urdida por la magia y el sincretismo en estado vivo, lo real y maravilloso que poseemos. “¿Estética de la complacencia”, “una aberración”, como dijeron de tu creación por el delito de haber encumbrado en el mundo el nombre breve y leve ‘patria’? Nada más digno del disparatario humano. Tu magna obra extrae las esencias sagradas de nuestros pueblos y a ellos los devuelve. América, la nuestra, que desde el exterminio de la conquista aún no asume su mestizaje y parece germinada para las rupturas y los desvínculos, se fusiona en tu arte y devela su esplendor. Eran tiempos en que corrían vientos de rebeldía y dignidad por la América oculta: los setenta y ochenta del siglo que dejamos -no como los de ahora que han erigido una cofradía de liderzuelos, cuya enseña es la corrupción de cuerpo y alma, galvanizando a nuestros pueblos con vacuos discursos pasadistas-. Carlos Monsiváis afirmó sobre tu creación: “… su obra es patrimonio de la humanidad, como lo es la de los grandes maestros del muralismo, pero despojada del cartelismo político que le restó grandeza”. El pueblo cubano te premió con un aplauso único y plural. Fuiste el primer latinoamericano en exponer con éxito inusitado en Tokio. Museos y galerías de Suiza, Suecia, Alemania, Holanda, Francia, Estados Unidos… se disputaban tu presencia.

En 1990 tu vida y tu obra estuvieron a punto de ser incineradas. Tus talleristas arreciaron en tu contra, endilgándote acciones nefandas: expoliación, manipulación. Un grupúsculo de rábulas detrás de poderosos que rezumaban envidia por tus triunfos los azuzaba. Pero te erguiste y seguiste tu camino. ¡Cuánto bien sigue haciéndonos tu arte, Gonzalo —también el de las centenas de artistas de la histórica escuela que fundaste—. Contemplo tu obra y, estoy cierto, sigue concibiendo el prodigio de ungirnos de esperanza, y, a la vez, acicatearnos para celebrar una tregua con nosotros mismos y con la vida.