Diego Rosero

Emperador del trópico

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Martes 06 de septiembre 2011
6 de September de 2011 00:01

El Emperador llegó después de la larga noche conservadora, y se consideraba afín al ideario revolucionario en boga. Aborrecía que un soberano proclamase que “el Estado soy yo” a la manera absolutista. Contradictorio, él controlaba los tres poderes del Estado, después de colocar súbditos leales en la Legislatura y en los juzgados.

El Emperador vivía apasionado por mejorar su país; despotricaba, con razón, contra la metrópoli, culpándola del atraso de sus dominios debido a prácticas monopolíticas comerciales y financieras. Mandó a redactar una nueva Constitución, muy avanzada, la que más tiempo rigió en su país.

Su Majestad era hiperactivo, despachando asuntos de Estado desde las 06:00 hasta la noche; detestaba delegar e inspeccionaba directamente obras públicas, el funcionamiento de ministerios y mantenía cada semana una audiencia directa con el pueblo. Autoritario, destituía altos funcionarios por desobedecerle y reprimía a quienes osaban criticarle. En su círculo en la Corte contaba con un experimentado jurista, quien le asesoraba en sortear embrollos imaginativamente, no siempre apegado a Derecho.

Deseoso de estar cerca de sus súbditos, dejaba el confort de Palacio y viajaba mucho al interior del país, atravesando lodazales y selvas. En uno de sus viajes, fascinado por el entorno del latifundio Correia, lo compró para fundar allí una ciudad que llevara su nombre. Detestaba el ceremonial y era muy irreverente: en uno de sus desplazamientos, al recibirle los nobles de una población aislada, con pelucas y anticuada parafernalia, se lanzó una carcajada que fue tomada como una ofensa. Normalmente era una persona encantadora pero de carácter impulsivo, pasaba de arranques de cólera a la conciliación. En su vida privada, le gustaba la música y las farras nocturnas rodeado de amigos.

Don Pedro I de Brasil que en 1822 declaró su independencia de Portugal y Maximiliano de México constituyeron experimentos de monarquías europeas en Latinoamérica.

El Emperador (era démodé ser rey después de Napoleón) creó para sí el “Poder Moderador” en su Constitución de 1824, un cuarto poder con veto que arbitraba a los otros tres. La prensa colonial hasta 1821 era censurada y el primer periódico, la Gaceta de Río de Janeiro, solo publicaba noticias de interés del Gobierno. Pedro I incluyó la libertad de prensa en su Constitución liberal, pero no siempre la respetó. En 9 años de Gobierno, salvó al Brasil de la desmembración y sentó las bases para que se convierta en primera potencia de Latinoamérica. Fundó Petrópolis en la bella fazenda del padre Correia. José Bonifacio fue brillante jurista de la Corte del Emperador.