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Domingo 06 de septiembre 2020

Cuenca siempre ha sido tierra de emigrantes. Hace un mes, murió, sin flores ni campanas, un emigrante amado: Octavio Cordero Carrasco de 87 años, hijo de Rubén Cordero Crespo y de María Carrasco Vintimilla. Huérfano de madre a los dos años, fue criado por la abuela paterna. Al padre le nombraron presidente de la Corte Provincial de Esmeraldas y allá migraron Julián, Rina, Amelia, Eulalia y Octavio. Julián murió a poco de llegado. En canoa, Octavio acompañaba al padre a lejanos recintos de escalofrío. Rubén casó con Aída Estupiñán, que hizo de buena madre de este chico rubio. Mordido por la incurable herida de la orfandad materna, Octavio se vino a Quito a probarse en soledad.

Era 1954: la Compañía Acero le dio trabajo y, al cabo de un año, pasó al Instituto Ecuatoriano de Electrificación. Acerado, electrificado, le atrajo el magnetismo de la guapa riobambeña María del Socorro Guevara Erazo, empleada en el departamento de Contabilidad de la Contraloría General. Tras un año de cortejo, se casaron. –“María del Socorro, tú eres la paz” y “Laraira laraira/ Ding Dong / son las cosas del amor”. Nacieron Rubén y Patricio. Octavio se marchó a los Estados Unidos en 1961. Esposa e hijos le siguieron en el 62 y se asentaron en el distrito de Queens, Nueva York. Allí nacieron Berenice. Leopoldo y Octavio Junior. Su primer trabajo fue de operador de turno del ascensor de carga de los almacenes Macy's. En los ratos libres se ideó un modo de aprender contabilidad y electrónica. La temible Monsanto le aceptó de contador y en ella estuvo hasta 1974.

“Todos vuelven a la tierra en que nacieron, / al embrujo incomparable de su sol, / todos vuelven al rincón donde vivieron, / donde acaso floreció más de un amor.” (César Miró-Quesada). Quito: contador en Inecel: 75. Contador del consorcio japonés Sumitomo-Chiyoda, 76-77 durante la construcción de la Refinería de Esmeraldas. Quito: asesor financiero y administrativo de la Compañía Petrolera Norteamericana Pool Intairdrill. En ella se jubiló.

De buen humor ante las frustraciones de la vida, creativo, meticuloso en analizar su entorno; amante de las ciencias exactas, la filosofía y la lectura; honesto en su vida privada y profesional; muy generoso; no se desprendía de su sólido vehiculo todo terreno, en él, con su familia, recorrió Ecuador, al que amaba: “Primero Dios, después vos.”; buena pasta con personas de todos los estratos socio-económicos de Ecuador, “pues toda persona es digna y debe ser tratada con respeto.” De coronavirus 19 no murió, sino de pena por el país. Nunca se le hubiese ocurrido postularse al palacio de Carón delé, delé. Por esto exhalamos su memoria de buen ciudadano que trabajó con sencillez, no echó la culpa a los demás, lloró la muerte de un hijo, y pagó sus impuestos. “Solo esa piedra quiero. Solo pido/ las dos abstractas fechas y el olvido” (Borges). A María del Socorro, a la fiel Ruth y a los hijos queridos: paz, resignación y fuerza.