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Una eme que mata

Esa podría ser la conclusión de toda la parafernalia ocasionada por la lamentable muerte e intoxicación de muchos ecuatorianos como consecuencia de haber tomado licor elaborado con alcohol metílico en lugar del etílico.

El Gobierno ha tratado de resolver el problema mediante la compra obligatoria so pena de incautación de toda una serie de licores que supuestamente fueron elaborados con este alcohol envenenado. El Fiscal anunció que conoce quien lo fabricó o lo vendió a los productores artesanales, muchos clandestinos, acusados de elaborarlos.

¿Lo fabricó? Y hago esta pregunta por cuanto el proceso industrial de elaboración de este alcohol metílico requiere de una inversión bastante grande y no se conoce de su existencia en el país. Debe ser importado o, lo más probable es que entró como contrabando y luego fue comercializado.

¿Por qué lo compraron esos productores informales de licor popular? Simplemente por ser más barato y a lo mejor engañados por el irresponsable comerciante importador, ya que el alcohol etílico, que es el que debe usarse y lo utilizan muchas industrias nacionales, ahora caídas en descrédito general por la campaña del gobierno, debe pagar un impuesto al consumo selectivo -ICE- que lo hace más caro.

Aquí se ve como un impuesto desproporcionado, que lo elevaron varias veces a pesar de las advertencias, ha coadyuvado para la existencia de este lamentable hecho. Distorsiones fatales de una mala tributación, incubadas en actividades clandestinas que buscan esas oportunidades de oro.

Está claro que la incautación no resuelve el problema ya que no se ha llegado a mitigar el factor que lo origina. La acción pública se ha encaminado a atacar a los tenedores de estos productos, pero no se arremete contra la raíz propiciadora de este negocio mortal afincada en el sistema tributario cuyos incentivos promueven estos mercados de negros.

El daño va más allá. Los productores de caña que elaboran alcohol etílico asoman como asesinos. Les persiguen como posibles causantes de esta intoxicación fatal y lo cierto es que su producto es el resultado de la transformación de los azúcares de la caña, la papa, la zanahoria, la remolacha y no hay forma de transformarlo en metílico. En varias partes del país en donde se lo elabora, la actividad está venida a menos. Han debido esconder incluso las máquinas, rudimentarias por cierto, y muchos agricultores pequeños -pobres en realidad- están pagando los platos rotos, al igual que buena parte de la industria licorera cuyos productos certificados ahora están contaminados por esta campaña que señala al licor nacional como peligroso y malo. Y eso no es cierto.

La generalización y trato epidérmico de los males, aún fatales como este caso, es una mala costumbre.