Gonzalo Ruiz Álvarez

Elecciones tumultuosas

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Viernes 11 de enero 2019

La avalancha de 80 000 candidatos para las elecciones seccionales de marzo ilustra la magnitud del desasosiego político que vivimos.

La existencia de más de 280 partidos o movimientos ilustra la grotesca situación donde el juego de las ideas que caracteriza y enriquece a la democracia ya se pierde en el anonimato, donde los estatutos y declaraciones de principios son reemplazados con una marea de lemas, casi slogans, que tornan más confuso el panorama.

Así, con 18 o 19 candidatos ( ¿alguien sabe con precisión cuántos son?) a las prefecturas de Pichincha y Guayas y a las alcaldías de Quito y Guayaquil; habrá, por ejemplo, 480 candidatos a concejales en la capital.

Es la antesala del sótano. Los estragos del populismo que quiso acabar con los partidos no hizo sino revolcar en el fango el prestigio de las ideologías y llegar por la vía del desconcierto a otra manera de concebir el fin de la historia, como preámbulo para reinar en medio de la división y el caos.

Los partidos - no la sombra de ellos que tenemos - son los bastiones de la democracia. Y ese sistema es el que los populismos de todo tono se empeñan en destruir para simular en el acto electoral el principio y fin de una democracia que nunca fue su propósito, pese a que usaron sus pergaminos morales para llegar al poder por los votos, y enseguida enquistarse en él, construyendo un sistema perverso y clientelar, fuente de riqueza para los que rodean a los caudillos o sus cortes, adulando con espejuelos a las masas desencantadas del viejo poder.

Pero resulta que el nuevo engendro es tan desprovisto de ética política y de argumentos que se construye con la propaganda con base a discursos demagogos y a un supuesto combate a las prácticas del pasado de las que supieron abusar y convertir en su instrumento de poder para perpetuarse en él.

El nuevo momento de una transición, no llamada a reproducir los vicios del pasado sino a apuntalar la arquitectura institucional dinamitada por el caudillismo, no alcanzó desafortunadamente a provocar reformas legales que serán indispensables hacia las elecciones presidenciales de 2021.

Con las cosas como están las propuestas y tesis de campaña corren el riesgo de ahogarse en el tsunami de la propaganda.

Será difícil escuchar muchos debates, ya que los espacios de los medios audiovisuales se quedarán cortos. Apenas asomarán los candidatos a los cargos más importantes y los aspirantes a concejales no podrán tener espacios de entrevistas. Por cierto los muchos aspirantes al Consejo de Participación Ciudadana y Control Social tampoco podrán ser entrevistados por el riesgo de que los medios caigan en otorgar espacios de modo inequitativo. Solo les queda los anuncios que les asigne el CNE.

En medio de todo, una buena noticia: el compromiso del Presidente de no inmiscuirse en la campaña. Una lección del daño tremendo que hizo el abuso de fondos públicos en las contiendas y la sobre exposición de modo abusivo especialmente durante la década proterva de Alianza País.