A un año de una revuelta destructiva y polarizante

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Domingo 04 de octubre 2020

Las violentas manifestaciones, la toma de carreteras, los ataques a la propiedad pública y privada parecieron sorpresivas, pero eso no es verdad.

Revisados los archivos, los líderes más radicales de la dirigencia indígena advirtieron con meses de anticipación que se preparaba una gran marcha y jornadas de movilización.

La chispa que hizo estallar el levantamiento fue un desatinado anuncio de eliminación de subsidios a dos combustibles. Algo adecuado, puesto que el subsidio no llegaba a los más pobres, pero que no fue comunicado ni tratado en las mesas de diálogo.

Todo empezó con la protesta de los choferes y empresarios del transporte. Ellos retiraron sus buses y camiones y bloquearon vías principales. Atacaron a los autos particulares y afectaron el derecho humano y constitucional a la libre circulación. El país adquirió una faz sombría.

En seguida, como si de una casualidad se tratase, los campesinos organizados y los alentados por dirigentes radicales se tomaron carreteras y caminos vecinales. La producción agrícola y ganadera se paralizaba y las alimentación popular empezó a faltar; hubo especulación y carestía.

Los procesos productivos de flores y alimentos para el consumo interno y para la exportación, que tantas divisas y trabajo generan al país, fueron obstruidos, atacados; algunas instalaciones, saqueadas y destruidas.

Los grupos radicales y de extremistas incendiaron la Contraloría, destruyeron el Centro Histórico ante la vergonzosa ausencia de las autoridades del Cabildo. Hubo daños en instalaciones petroleras.

Golpes, maltratos, muertos y heridos; represión también dura. Muchas personas perdieron la vida y decenas resultaron heridas.

El costo económico y social del desenfreno -y del oportunismo que se infiltró entonces- no puede ni debe volver a repetirse. Ahora, en vísperas de campaña electoral, circulan versiones de nuevas movilizaciones.

Episodios similares no pueden tomar desprevenidas a las fuerzas del orden. La sociedad merece trabajar, recuperarse de la pandemia, superar la polarización, el odio y el miedo.