5 de September de 2010 00:00

Las revocatorias

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Jorge Ribadeneira A.

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Dos ciudadanos encabezan la satisfacción por la revocatoria. Son el presidente Correa y el activista político Carlos Vera Rodríguez. Con el verbo revocar en la mano, el primero de ellos saborea desde ya su séptima victoria en las urnas, se manda un regular chiste, redobla y justifica su campaña permanente, sonríe al comprobar que hay división entre los ciudadanos: unos creen que ejerce la dictadura y otros que apenas aplica una dosis de autoritarismo, agradece a su ex amigo y actual conocido Betí Acosta por ser uno de los autores y santificadores de la novedosa figura que –al mínimo costo de unos cuarenta milloncejos- va a ser sometida a experimento para animar el largo período de cuatro años que le obsequió la Asamblea de Montecristi en premio a sus goleadas. Vera es feliz porque el inédito verbo revocar le cayó como anillo al dedo, pues le permite volver al escenario, le abre caminos para ser ahora el entrevistado, le autoriza aplicar su oratoria y servir de locomotora a los vagonetas de la oposición, entre otras satisfacciones. ¿Pensaba Acosta en Carlitos Vera cuando –al frente de sus ex asambleístas- recreaba la figura de la revocatoria? No, por cierto. Pero hoy se percata para quien trabajaba.Los que no quieren oir ni hablar de la tal revocatoria son los alcaldes.¿No les agrada, acaso, que luego de un año de ejercicio de su mandato –algunos después de cinco y hasta de nueve años- el pueblo les confirme en las urnas? No. No les hace pizca de gracia y menos cuando escuchan a los chismosos periodistas afirmar que el único seguro en el trono es el que sabemos. Ellos dicen que no tienen segura la reelección porque no disponen de las mismas armas del Gran Jefe. En realidad, no cuentan con una cadena sabatina de tres horas, tampoco de unos presupuestos millonarios para publicidad, menos de un avión y decenas de carros para los viajes, ni soñar en recorridos de obras con público con desayunos y música. ¿Qué pueden hacer a estas alturas? Pues acudir al señor Presidente de la República para que, en uso de sus múltiples poderes, les salve de los apuros y les permita seguir por unos años más en la dura tarea de salvar a la patria chica.El presidente Correa tiene evidentes virtudes –y los correspondientes defectos- y no le falta el soplo de la suerte. Como que los ecuatorianos se cansaron de tumbar presidentes cuando él asomó de apuro para tomarse Carondelet con sus seis triunfos electorales consecutivos. Ahora hay un porcentaje que opina: “aguantemos no más, porque en nuestro querido país siempre hay el peligro de poner a un mal mandamás de patitas en la calle Chile para que venga otro peor”. Carlos Vera, imperturbable, avanza entusiasta, con la seguridad de dedicarse al arbitraje –como su homónimo Carlos Vera Rodríguez- y sacar del bolsillo una tarjeta amarilla al dictador de turno. ¿Servirá para más el invento del Betín?.

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