El cambio del sistema electoral toma cuerpo

Ya bastante se ha dicho sobre la urgencia de cambiar un sistema electoral cuyas distorsiones a lo largo de los últimos años han provocado una situación inmanejable, tanto en términos de representatividad política como en términos administrativos.

Y si bien hay varias coincidencias y propuestas sobre algunos temas, el tiempo se acorta. En enero de 2020 se cumple el plazo constitucional máximo para que las reformas estén aprobadas y puedan aplicarse en los comicios presidenciales y legislativos del 2021. Es obligación, tanto del Consejo Nacional Electoral (CNE) como de la Asamblea, buscar el mejor camino para dejar atrás un modelo que propicia un número inmanejable de movimientos y de partidos, y que da como resultado una representatividad política dispersa.

La proporcionalidad en las adjudicaciones de puestos, la transparencia del financiamiento, las reglas para la comunicación política, la normativa para la supervivencia de partidos y movimientos; junto a aspectos relacionados con la administración del ente electoral, están contenidos en un borrador del CNE. El organismo debe consolidar ya su propuesta.

La Asamblea hizo su trabajo y planteó varias reformas, en especial en lo que se refiere a la reelección y al uso de las instituciones públicas en la campaña, pero el segundo debate del informe de la Comisión de Justicia se suspendió hace más de un año.

Si hay acuerdo sobre la necesidad de hacer las reformas, y se contará con dos proyectos, el peor de los mundos sería que los cambios no prosperen por desacuerdos en la técnica legislativa adecuada. La disyuntiva es si el CNE envía un nuevo proyecto a trámite o si sus observaciones se incorporan al documento que tramita la Asamblea. Los dos caminos tienen sus bemoles.

Como fuera, los dos poderes tienen la obligación de acordar el modo en que proveerán al país de las reformas. Sería inadmisible que, por intereses políticos o por falta de consensos, se repita la vieja práctica de dejar todo para el último y hacerlo al apuro, o simplemente no llevar a cabo las indispensables reformas.

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