12 de February de 2011 00:00

EL FIN DE MUBARAK

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Si el crimen no paga, el despotismo tampoco. Cayó Hosni Mubarak pese a su promesa del jueves de mantenerse en la Presidencia que había ocupado durante 30 años consecutivos.

Los 18 días de multitudinarias protestas populares tornaron la situación insostenible hasta que su Vicepresidente hacía el anuncio leyendo la misiva de Mubarak “en nombre de Dios misericordioso y compasivo”. Las calles de Egipto fueron una fiesta.

Mubarak fue militar. Fue condecorado como jefe de la Fuerza Aérea tras la guerra de Yom Kipur con Israel, luego asumió el poder cuando radicales asesinaron a Anwar el Sadat. Fue su Vicepresidente y desde allí se quedó. Sadat había jugado un papel fundamental en los acuerdos de Camp David. Desde entonces Egipto tenía un papel preponderante en el equilibrio regional de Oriente Próximo, especialmente por las tensas relaciones entre varios de los países árabes con Israel.

Por eso EE.UU. consideraba a Mubarak como un aliado indispensable. Pero esta semana la quiebra de su popularidad, el efecto contagio que llegó desde Túnez, hicieron precipitar su salida. Pese a los esfuerzos de Occidente, la crisis interna se le iba de las manos. El Ejército advertía que no dispararía a su pueblo y Mubarak se desmoronó. Se fue, como otros dictadores, con cuentas personales rebosantes.

Los militares en el poder tienen la complicada misión de organizar la transición. Buscar una salida democrática y procesar los roles sociales represados durante tanto tiempo por un Gobierno de mano dura. Generar calma y arbitrar los extremismos islámicos que ven una oportunidad para acercarse al poder.

Como si esto fuera poco, la delicada política internacional pesa y los ojos del mundo muestran preocupación.

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