Una fiesta de Bicentenario de muy bajo perfil

Las fechas cívicas son importantes. Todo país debe tener una memoria, sobre todo de aquellas fechas que le son fundacionales. Casi no hay país que no tenga un relato heroico. El guayaquileño José Joaquín de Olmedo publicó, en 1825, la que es considerada la mejor obra épica de aquellos años sobre las gestas independentistas en la región: ‘Canto a Bolívar’. Es necesario que el país, en este contexto, empiece a revisarse, a mirarse nuevamente.

Sin embargo, parece que el Gobierno nacional poca importancia ha dado a estas fechas. Como dice Katerinne Orquera, en una entrevista publicada ayer en este Diario, la Batalla de Pichincha es la que nos afirma que la independencia era posible. Quito era un enclave español luego de la masacre del 2 de Agosto de 1810. La ciudad había perdido a sus élites, no solo económicas sino intelectuales. Era una generación ilustrada; muchos fueron formados por ese gran pensador mestizo, Eugenio Espejo.

La reflexión es necesaria porque la historia no es estática. Siempre hay que leerla, releerla. Tampoco la memoria actúa de la misma forma con el paso del tiempo. Este Bicentenario debe hacernos pensar en nuestro destino, que es fruto de una herencia, la consolidación de la unión, las dimensiones de los discursos alegóricos, que devienen en lugares comunes y han perdido fuerza. No deja de ser interesante que se hayan estudiado los roles de la mujer, de los indígenas, de los afrodescendientes en el proceso revolucionario, pero también de curas y monjas. Hay tantos temas que nos ofrece la independencia a la luz del siglo XXI, y más en tiempos de crisis, no solo nacional sino mundial. Hay que reconocer que algunas universidades están en esos debates.

Esta es una conmemoración de bajo perfil. Curiosamente, en otros países sus fiestas nacionales no solo son actos oficiales recargados de un simbolismo a veces desgastado. También se reú­nen las familias, los amigos, y disfrutan de comidas típicas. Eso es algo que no ocurre al menos en Quito, porque sí hay más sentido del festejo en Cuenca y Guayaquil. Son signos, quizá, que revelan en mucho la compleja unidad de este Ecuador.