México, equitativo con el turista ecuatoriano

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Sábado 01 de diciembre 2018

Que los turistas ecuatorianos ya no necesiten visa para ir a México es una buena noticia en sí misma, y además deja espacio para reflexionar sobre la política migratoria de un país como Ecuador en un mundo global.

Con México, son 46 los países a los que podemos ingresar libremente quienes contamos con pasaporte ecuatoriano. En la lista están, por supuesto, varios países sudamericanos y centroamericanos, junto con varias islas caribeñas. Asimismo, algunos países asiáticos y de Europa del Este.

Esta realidad no se compadece con la ampulosa declaración de ciudadanía universal, que fue parte de los exabruptos de los diez años de la llamada revolución ciudadana. Ese afán de figuración mundial tuvo al menos dos aspectos que fueron mal manejados y que no reportaron beneficios para el Ecuador, como se espera de toda gestión diplomática.

No solo fue grave que después el Gobierno tuviera que restringir la entrada de ciudadanos de varios países y llegara al penoso caso de la deportación de ciudadanos cubanos. En la práctica, tampoco hizo nada por gestionar la indispensable reciprocidad al libre ingreso al Ecuador.

En el caso de México, país con el que el Ecuador tiene muchos lazos, los turistas ecuatorianos pueden gozar de la eliminación de la visa mexicana 10 años después de que las autoridades locales eliminaron el requisito para los viajeros de ese país.

La gran contradicción de esa época consistió en que se practicó una diplomacia aislacionista por razones ideológicas. El acuerdo con la Unión Europea se concretó a regañadientes, mientras los vecinos dieron el paso antes y, en ese contexto, gozan de políticas migratorias que para el ecuatoriano solo son un buen deseo.

El intercambio comercial y la apertura, qué duda cabe, traen aparejados varios beneficios. El esfuerzo del actual Gobierno por buscar mayores oportunidades comerciales y de cooperación ha sido intenso.

Solo en la medida en que se abran más puertas se alcanzará un mayor flujo tanto de ida como de vuelta, lo cual permite una reciprocidad sana, más allá de los discursos políticos.