Un infierno a nombre de la rehabilitación

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Sábado 19 de diciembre 2020

Si con cambiar el nombre de penitenciaría a Centro de Rehabilitación Social hace unos años se pensaba que la historia iba a cambiar, hoy vemos cuánta ficción se teje detrás de las palabras.

Si con el repudio al calificativo de presos y su cambio a Personas Privadas de Libertad se pensaba que se iba a salvaguardar la dignidad y la vida, esa parodia no cambió el hacinamiento; además vivir encarcelado se volvió más peligroso.

Esta semana un nuevo episodio sangriento recreó los motines y matanzas acostumbradas de tiempo en tiempo. Esta vez fue en la cárcel de Latacunga. Antes, en los centros carcelarios de Guayaquil, Portoviejo o Turi, en Cuenca. La historia es repetida y las soluciones no llegan.

Hace algo más de un año se declaró la emergencia y se dispuso un anillo de seguridad con la participación de Fuerzas Armadas. La Policía tomó medidas para controlar a los detenidos y a los guías penitenciarios.

Pasó la emergencia, pero de nuevo, de cuando en cuando seguían saliendo cadáveres. Ajustes de cuentas entre bandas mafiosas, dicen las versiones. La realidad es que en las cárceles ecuatorianas corre sangre.

Y corre dinero, y circula droga y hay armas blancas y pistolas, y los celulares son cosa común. Y las señales no se bloquean como se ofreció.

Los informes policiales dan cuenta de operaciones delictivas ordenadas desde la comodidad de un teléfono móvil de un capo detenido. Desde allí se manda a matar, a secuestrar y se trazan planes y perpetran asaltos bancarios. La Policía lo denuncia y no pasa nada. Hacen una requisa y al cabo de un tiempo vuelven las armas, la droga y las operaciones siniestras desde los centros de detención.

El hacinamiento es moneda común. Las penas se endurecen y las cárceles están sobrepobladas. Cada cierto tiempo desmantelan bandas que extorsionan o compran jueces.

Muchos tienen como cómplices a los guías. Despiden a unos cuantos, no hay cursos ni reclutamiento y tiempo después la corrupción vuelve a librar otra batalla y dar un golpe. Las autoridades, al igual que la ciudadanía, se vuelven simples espectadoras.