Dispersión, grave enfermedad de la democracia

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Martes 25 de diciembre 2018

Las elecciones seccionales llegan al límite. Y lo traspasan. 280 partidos y movimientos y más de 47 000 candidatos son el síntoma de una descomposición severa del sistema político.

El viernes se cerraron las inscripciones para las elecciones seccionales de marzo y los números muestran la epidermis de una enfermedad que afecta a la democracia ecuatoriana.
Más de 47 000 candidatos de 280 tiendas políticas. 17 candidatos a la Alcaldía de Quito y 16 aspirantes a ocupar el sillón de Olmedo dan cuenta del estado de la cuestión.

Ni en el país puede haber 280 ideologías distintas ni se puede esperar en semejantes circunstancias una campaña en torno a ideas, planes y programas lejanos a la demagogia.

Además, estamos en un momento de transición, después de la demolición institucional que trajo la Revolución Ciudadana. Las autoridades transitorias y nuevas del Consejo Nacional Electoral no tuvieron tiempo para transformar las normas del Código de la Democracia, que lejos de promover la profundización de los debates y la equidad entre los distintos actores políticos contribuyen a la parálisis del sistema y a su ruina.

Eso acarrea el descrédito de la clase política, tanto como los macroescándalos de corrupción del Régimen anterior y los que apenas se empiezan a destapar con los diezmos.

Esta destrucción, cobijada hábilmente en un discurso de cambio de estructura, se plasmó en una Constitución proclamada garantista pero que solo consagró el modelo autoritario y de concentración de poder.

Surgió como respuesta a lo que criticaron como partidocracia, creando, reproduciendo y perfeccionando un sistema perverso que es el antecedente de este destape siniestro que se expresa en semejante dispersión.

Las provincias y las ciudades merecen cuerpos edilicios competentes y consejos de calidad y, por cierto, ejecutivos que sumen a su habilidad política y a su espíritu de servicio, ideas políticas claras.

Pero los ciudadanos también tienen responsabilidades a la hora de dar el voto. No se trata de un juego, pues se puede condenar a una ciudad o una provincia al fracaso y al abismo o sentar las bases para cambiar definitivamente hacia una vida mejor. El resultado depende también de cada sufragante. Es menester elegir bien.