Destrucción de la Amazonía, un asunto mundial

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Domingo 25 de agosto 2019

Cientos de miles de hectáreas siguen quemándose en la Amazonía y el debate sube de tono, mientras las acciones concretas tardan en llegar.

No se trata de un incendio más, ni siquiera cuando se lo compara con otros iguales o mayores ocurridos en los últimos años en distintas partes del planeta. Y eso justifica las reacciones mundiales que ha provocado.

Si bien no es el “pulmón del mundo”, como lo aclara la BBC, ese sistema genera un porcentaje importante del oxígeno de la atmósfera y su destrucción tiene impacto en el equilibrio climático, en la biodiversidad y, muy importante, en la sobrevivencia de millones de habitantes.

Ante la presión mundial que incluye la amenaza de sanciones económicas, el presidente brasileño Jair Bolsonaro ha decidido sustituir la acción de guardabosques con rociadores por la intervención del ejército.

Las críticas también se dirigen a la inacción del mandatario de Bolivia. Si bien contrató un avión antiincendios, Evo Morales es visto como alguien que defiende las quemas que hacen los campesinos como parte de una intención de extender la frontera agrícola en desmedro de la selva.

El caso de Bolsonaro es más claro: al tiempo de echar la culpa a las organizaciones no gubernamentales del problema, defiende un discurso económico que incluye la explotación económica de la selva amazónica, que es parte del territorio de Brasil.

Vuelve a la mesa el viejo debate: ¿el cuidado de este ecosistema es responsabilidad solo de los países amazónicos, como el Ecuador, o de todo el mundo? Ahí es cuando el concepto de soberanía -poco cuestionado en otros casos- entra en choque con el del bien común, y cuando la sensatez y la colaboración deben funcionar.

Actualmente, y por varias razones, las organizaciones no gubernamentales no tienen el impacto que tuvieron en décadas pasadas, tanto en las discusiones como en las decisiones.

Pero la conciencia sobre el calentamiento, la protección del ambiente y las especies es mundial, sobre todo entre los más jóvenes. Los gobiernos y los organismos mundiales deben recoger ese clamor.