CUIDAR LA VIDA DE LA GENTE

La vida es el don más preciado. La vida de un niño es un tesoro doblemente valioso. En una sociedad que ha perdido la perspectiva de lo esencial, debemos trabajar juntos por acabar con la inseguridad.

Y no es solamente una tarea de las autoridades. Tampoco cabe mirar de modo irresponsable las condiciones socioeconómicas ni, por el contrario, buscar solo en las causas profundas de la pobreza y el atraso la explicación a tanta muerte de inocentes.

Peor encontrar en el vano pretexto de la percepción una evasión a uno de los problemas que reflejan la principal preocupación de la mayoría de ecuatorianos, de modo sostenido y desde hace algún tiempo, según los estudios de opinión que se recogen periódicamente.

Ahora la noticia llegó desde Guayaquil. Un nombre, Bruno Barcos, es el símbolo más reciente de este profundo dolor nacional. La información se conoció por la coincidencia de la profesión de su padre: un periodista deportivo. Pero la muerte de Bruno, junto a la de otros seres anónimos, más allá del drama familiar, aumenta la estadística de víctimas inocentes de una de las calamidades profundas por las que atraviesa el Ecuador de hoy.

Esta se convierte en una nueva oportunidad para exigir todo un esfuerzo nacional concertado que se vuelque en pro de una de las razones más poderosas que mueven al ser humano a vivir en comunidad: la solidaridad y la búsqueda de mejores condiciones de vida y la procura de un entorno armónico y seguro.

Desde luego que el problema no es nuevo ni se le puede endilgar toda la responsabilidad al Gobierno de turno. Pero tampoco corresponde que la alta responsabilidad en la cosa pública que llevan las autoridades se eluda. Hace falta una gran acción nacional por la seguridad y por la vida.

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