Buses y contaminación

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Quito mantiene dos revisiones anuales para los vehículos de transporte público. La medida quiso ser obviada por un decreto presidencial del Régimen pasado.

El tema es que, aunque una mayoría considerable pasa la revisión, hay algunos aspectos que dejan que desear.

Cada mañana en las calles de la capital es habitual ver autobuses que lanzan inmensas humaredas. Los peatones son agredidos con el chorro de humo y no atinan sino a taparse la nariz y la boca para tratar de no respirar los gases pestilentes y dañinos.

Cabe preguntarse por la calidad del combustible y las mediciones del número de partículas contaminantes. Las normas debieran ser cada vez más exigentes y acercarse a los parámetros mundiales, pero en el país el problema no solo pasa por la falta de controles estrictos sino por la falta de condiciones para dotar al mercado de un combustible de alta calidad. Está pendiente de una evaluación cabal la oferta del ministerio respectivo en ese sentido.

Por lo demás, el que existan dos revisiones en vez de una, como se trató de poner en práctica seguramente para cumplir compromisos políticos, es una garantía para los habitantes de la ciudad de la que lamentablemente no gozan otros ecuatorianos.

El grado de contaminación, el estado de los frenos y otros aspectos del funcionamiento óptimo de los autos -de transporte público y privado- están vinculados a la seguridad y hacen la diferencia entre la vida y la muerte.