Diego Araujo Sánchez

Como si fuera la primera vez

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Martes 24 de diciembre 2019

En 1961, cuando yo tenía 17 años, leí por primera vez “El Quijote”; desde entonces hasta este año, lo he releído una docena de veces; y en cada una de ellas he tenido la impresión de leerlo por primera vez. Uno de los atributos de los libros clásicos es conservar su frescura y poder seductor, a pesar del paso del tiempo y el cambio de gustos y modas. ¿Dónde radica la eterna juventud de la novela de Cervantes? Dónde, su secreto para cautivar a los lectores?

Una de las primeras claves es la atracción de su tejido de historias. Nadie se mantiene indiferente ante un buen contador de historias. Scherezada puede salvar su vida gracias a sus capacidades para subyugar con sus relatos al misógino sultán Schahriar que, durante tres años seguidos, había matado a sus jóvenes esposas tras la primera noche de bodas.

La sucesión de variadas historias que protagonizan Don Quijote y Sancho Panza y otras al gusto de la época conservan su vitalidad por la forma como están narradas. Casi todas las innovaciones de la novela se hallan en “El Quijote”: la crítica de la novela dentro de esta, el relato dentro del relato, los juegos del lenguaje, la parodia y el humor y la multiplicidad de puntos de vista narrativos –narrador omnisciente, protagonista, testigo, narrador que tiene vacíos de información y desconocimiento y cuya función traslada al traductor de los papeles del “verdadero” autor de la historia, Cide Hamete Benengeli…

La historias intercaladas en la primera parte han dado pie a reprochar de poco armónica la composición de la novela. En la segunda parte, publicada en 1615, la primera y “El Quijote” apócrifo de Fernández de Avellanada coadyuvan a mantener ese juego de acercamientos y distancias de las historias intercaladas en “El Quijote” de 1605.

La obra atrapa al lector por la poderosa fuerza de los personajes, el Caballero Andante y su Escudero, y la múltiple galería de seres humanos que desfilan por la novela, como expresión de la abigarrada humanidad de una España entre la grandeza y la crisis.

Don Quijote es uno de los primeros héroes enloquecidos por la lectura. Esta es crucial entre los temas y para los personajes y la organización del relato. En su composición, descubrimos armonía, a pesar del aparente desorden. Ese ser y parecer son indicios de una intuición fundamental: la multiplicidad en la percepción de la realidad. En un mundo de incertidumbres y dudas, el autor no se cierra en una visión trágica y desesperanzada: en las páginas de su novela trasluce una inmensa comprensión de las grandezas y miserias humanas y su amor por la vida; exalta valores como la libertad, la imaginación, la dignidad de la persona, la lucha por la justicia y la defensa de los más débiles; profesa un pensamiento democrático y muestra una profunda fe en la aventura humana.

daraujo@elcomercio.org