Rodrigo Fierro

Distintos y distantes

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Jueves 04 de abril 2019

Como para no creer: el Presidente de México, López Obrador, ha manifestado que “México desea que el Estado español admita su responsabilidad histórica por esas ofensas (las cometidas por los españoles cuando la conquista) y ofrezca las disculpas (debidas)”. Debí darle la razón a Pío Baroja, intelectual español, quien calificó de “continente tonto” a Hispanoamérica.

Sí. Hernán Cortés no tiene en México una sola estatua en un espacio público. Sin embargo pocos serán los mexicanos, según oí decir, que no sueñen con que una hija forme familia con el hijo de un gachupín (español), y de tal unión vengan al mundo unos niños con la piel muy clara y los ojos azules. Una suerte de paranoia, digo yo.

Por otra parte, los españoles que vinieron a América y cometieron aquellas ofensas (yo diría barbaridades) constituyen una de la vertientes de nuestra identidad, pueblos mestizos como somos. Los que se quedaron en España lo hicieron porque no tenían por qué ni para qué venir a América (opinión de Pérez Reverte).

Que se cometieron barbaridades sin lugar a dudas: la destrucción sistemática de los códices mayas; la imposición de sistemas de esclavitud, por su crueldad no conocidos en Europa; el abandono en que cayeron caminos, acueductos y acequias; la extinción de los inmensos rebaños de llamas, alpacas y vicuñas, de imponderable valor en el hábitat altoandino; desuso en el que cayó el consumo de yuyos, quinua y sales yodadas; malnutrición y pésima alimentación para los más. Y así. Es de advertir que, al menos en la región andina, es tan solo desde finales del siglo pasado que se han producido cambios notables de las estructuras socio-económicas que definían la conformación de sociedades constituidas por vencedores y vencidos.

¿A quién pedir disculpas por lo acontecido? Con posterioridad a la Independencia ya nada tuvo que ver España con nosotros, como no ser la necesidad de reanudar relaciones cuando luego de la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. La “Madre Patria” perecía de necesidad y requería de nuestro auxilio, que sí le dimos. Lo que vino después, una decisión pragmática: España debía olvidarse de la aventura americana y pasar a formar parte del Mercado Común Europeo, la Unión Europea. Cuando la guerra de las Malvinas, un periodista argentino despistado se manifestó sorprendido de que España le apoyara a Inglaterra y no a Argentina “como era natural”. La respuesta del ministro de Asuntos Exteriores de España, señor Orejas: “Somos distintos y distantes” de los países hispanoamericanos.

Pedir disculpas, inconsistente hasta no más. Más bien es de agradecer por el precioso legado que nos dejaron: el idioma español con el que nuestro espíritu mestizo se expresa y es por nosotros que pesa en el mundo.
rfierro@elcomercio.org