3 de February de 2011 00:00

La disidencia

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Ana María Correa Crespo

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La disidencia ha jugado históricamente un rol fundamental en la lucha contra los regímenes autoritarios en el mundo. En nuestro país, hemos sido testigos del desgrane más importante del corazón intelectual del Gobierno. La deserción del movimiento Ruptura de los 25, junto con la de Amores y otros, aunque sucede tardío y a momentos luzca ambiguo, es un hecho que marcará un punto de quiebre en el avance del proyecto correísta. La reversión de roles entre traidores y revolucionarios ha puesto en serios aprietos al Gobierno. El Correa de hoy, no es ni de lejos, el dueño de la verdad que era ayer, y esto se muestra en su discurso cada vez más amargo y agresivo.

Como resultado del trabajo de sus guerrillas internas, el Presidente no podrá mantener su imagen incólume, pues el cuestionamiento de su verdad monolítica viene de parte de quienes se construyeron como referente de principios democráticos. Seguir acaparando el discurso de supuesta defensa de la democracia, de la justicia y de las libertades, le será complicado.

El abandono de la Ruptura implica una nueva puesta en evidencia de la faceta grosera de este proceso personalista y concentrador que ya no encontrará un lavado intelectual por parte de quienes cumplían bien ese rol. La disidencia rompe con el hechizo que hacía de Rafael Correa un hombre incuestionable e irrebatible.

Ahora la Ruptura habla de la inminente concentración de poder y del peligro que correrían nuestros derechos y libertades de concretarse la consulta. Hablan también de su corresponsabilidad en el proceso, y lo hacen correctamente. El punto en el que nos encontramos de regresión democrática y anulación de la independencia de poderes, se dio con su aval moral al proyecto. Con sus acciones, palabras y silencios, y a pesar de su lucha fracasada contra ciertos artífices de este ensayo, se consumó un bien pensado camino de entrega de todos los poderes a un solo economista iluminado dotado de un gran carisma personal.

Por eso, la asunción de su corresponsabilidad en el proceso es incompleta y omite hechos fundamentales. No es la consulta popular la que consumaría las amenazas a la democracia. Vivimos 4 años de sistemático atropello y violación de la Constitución que hoy defienden; y la instancia constitucional a la que apelan es un aborto producto de dicha violación y un ente espurio que consagraron con su silencio pasado. La aventura de la consulta es una faceta más del proceso antidemocrático que vivimos, y no el causante de una inminente destrucción institucional.

Pero hay que reconocer en ellos la decencia del mea culpa. Al menos han podido reconocer que gobernaron solo para los convencidos y que fueron parte de la sistemática exclusión del diálogo democrático en el país.

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