Juan Valdano

Dignificar la política

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Miércoles 07 de agosto 2019

En una de sus célebres fábulas, Félix Samaniego cuenta la historia de unas ranas que a Júpiter suplicaban les enviase un rey. Querían un rey guapo digno de ellas. El dios no les hizo caso, las ranas insistieron. Fastidiado con tanto clamoreo, Júpiter les mandó una serpiente que acabó con ellas. En la vida de las personas y en la historia de los pueblos existen situaciones semejantes, pesadillas de las que es difícil despertar.

Después del manifiesto fracaso de nuestra vida democrática a lo largo de estos últimos años, después de presenciar los denigrantes espectáculos protagonizados por Bucaram y Gutiérrez, después de esta vergüenza y el descalabro del gobierno de Mahuad quien, al igual que sus antecesores, debió salvar el pellejo escapando por la puerta trasera, después de todo esto, el pueblo quiso cambiar su historia eligiendo un mandatario justo y equilibrado que recuperase la dignidad del poder y afianzara nuestra descalabrada democracia. Pero no fue así. No elegimos a un demócrata sino un iracundo dictador, un histrión que usurpó el poder por diez años.

Irrespetar de manera grosera las libertades y los derechos de los ciudadanos, invadir el ámbito propio de las otras funciones del Estado, dar un golpe de gracia a la Asamblea Nacional destituyendo a la mitad sus miembros, acanallar al disidente, perseguir la prensa libre, alzarse con el santo y la limosna de los fondos del Seguro Social e instaurar la farra permanente con plata del pueblo, todo esto fue el gobierno de Rafael Correa Delgado y su dichosa “revolución ciudadana”.

Los “milagros” de los que él se ufana hoy en su buhardilla de Brujas son incontables. Por encima de la Constitución dictó leyes que santificaron sus desafueros; controló por el miedo a una Asamblea de incondicionales suyos, rebaño que no escuchaba otra voz que la del amo, que al unísono balaba y aprobaba lo que él quería, pues para eso y nada más servía.

Después de esta traumática experiencia nos preguntamos si hemos aprendido la lección que nos deja el repetido fracaso de nuestra política, si es posible construir el camino hacia una efectiva participación ciudadana, a una democracia real y eficiente y a perseverar en ella. En Ecuador lamentablemente no existe una fuerte tradición de respeto al orden y a la ley. No es solo cuestión de dictar constituciones sabias y justas, tarea en la que somos campeones; es cuestión de vivir una cultura democrática en la que los intereses privados, el abuso y la violencia cedan frente al imperio de una justicia independiente.

Luego de una época de degradación de la vida pública, en la que buscando elegir un estadista escogimos bufones o monarcas que nos avergonzaron y acanallaron, ha llegado la hora de dignificar la política, tarea que a todos nos implica y compromete.