Juan Valdano

En estos días del #ME-TOO

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Miércoles 08 de enero 2020

Después que varias actrices de Hollywood decidieron hacer pública su indignación al difundir por las redes sociales el ultraje del que fueron víctimas, agravio provocado por un mismo depredador sexual, el influyente productor cinematográfico Harvey Weinstein, arrancó un movimiento por la dignidad de la mujer, pronunciamiento conocido con el #hashtag Mee-Too y que, de inmediato, logró una adhesión global. Esta iniciativa atrajo la solidaridad de centenares de mujeres de distintas partes del mundo, quienes denunciaron situaciones semejantes vividas por cada una de ellas, lo que provocó un inusitado movimiento de carácter feminista que busca poner fin a una tradición de violencia machista, a rechazar el abuso del varón en las relaciones de familia y trabajo y abogar por una cultura de igualdad y respeto a la mujer.

El machismo entraña una actitud de prepotencia del varón frente a la mujer; está presente en casi todas las culturas, llega hasta nosotros desde los inmemoriales tiempos del origen de la especie humana. Si hasta hace poco no se lo cuestionaba, hoy se lo reprueba y condena. Los mitos de origen (la Biblia incluida) muestran a la mujer en situación inferior y dependiente del varón. La misoginia está presente en las leyendas más arcaicas (Pandora, Eva), en la visión que de ella tienen las religiones: judaísmo, cristianismo, islamismo. Esto dio lugar a la prevalencia de sociedades patriarcales, a la exclusividad del poder masculino. El machismo es una herencia, una carga del pasado que ha marcado la historia de la humanidad y que hoy, cuando abogamos por una cultura de libertad e igualdad para la mujer, nos incomoda y avergüenza. Rezagos del pensamiento machista los encontramos en el lenguaje, en las leyes, en las costumbres.

Erich Fromm, hace más de media centuria, habló del “miedo a la libertad”, hoy, al parecer, existe otro miedo, a la igualdad de los sexos, una idea que en ciertos medios despierta temores y resistencias. La libertad sin igualdad es mera retórica y la igualdad sin libertad no es posible, pues la una sustenta a la otra.

Ser duro, brusco y aun grosero, insensible a los sentimientos compasivos era en mi generación la marca del varón “como debía ser”. Y de ello las mujeres eran las primeras en estar de acuerdo. El cine y la publicidad agrandaban la imagen del galán de aquellos años: el tosco cowboy a lo John Wayne con un cigarrillo entre los labios, el desenfadado James Dean estrellándose en una carretera mientras conducía su veloz automóvil de lujo color plata. Símbolos que hoy yacen deslucidos cual viejas pancartas olvidadas al borde de un camino.

Y así, mientras construimos la soñada sociedad igualitaria, aconsejaría que, cada quien en nuestro pequeño corazón, estrangulemos al despreciable machista que todos llevamos dentro.

jvaldano@elcomercio.org