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La desmemoria

Mientas escribía esta semana un trabajo sobre el empolvado y olvidado Nuevo Orden Económico Internacional y el famoso Grupo de los 77, cuyo énfasis en ideales, principios y utopías de un mundo mejor les llevó a unirse y enfrentar a los países industrializados en los años setenta, me llegó algo de nostalgia por el pasado rebelde, pero a la vez propositivo del Tercer Mundo. Ahora, esos mismos líderes del sur están bastante más desarrollados que entonces y su exquisito encanto de rebeldía apenas lo ejercitan en el G20. Los entonces líderes por el cambio de estructuras injustas del comercio y las relaciones internacionales como México, Argentina, Brasil, India, Corea del Sur, ahora están agradecidos por haber sido invitados a la mesa de los grandes. De hecho, están tan agradecidos, que no faltan ofrecimientos hacia los países más grandes del G20 para “ayudarles” también a gobernar el infranqueable sistema de Naciones Unidas y, con el tiempo el de Bretton Woods.

Es muy posible que dadas las condiciones de informalidad y familiaridad en que se desenvuelven las reuniones del G20, es posible que este foro (como ya se ha demostrado) no pueda arreglar crisis financieras globales o de precio de divisas, pero sí podrá repartirse políticamente las responsabilidades globales. De hecho, está muy cerca de hacerlo. Y explico por qué. Parte de la presión china, india, brasileña sobre el dólar tiene que ver con la necesidad política de obtener más espacio en la toma de decisiones de los grandes organismos internacionales. Si bien las reformas para que puedan acceder a más votos, según su nuevo peso específico se han dado, los nuevos países ricos consideran que es tiempo de cambios sustantivos y graduales. Como pasó en el verano de 1974, cuando los países en vías de desarrollo aprobaron la declaración del Nuevo Orden Económico Internacional aprovechando la debilidad de los ricos tras el embargo petrolero, también esta vez los países que emergieron no quieren perder la oportunidad para dar el salto cuántico hacia el poder global, aprovechando que Estados Unidos no recupera aún la senda del crecimiento.

La gran diferencia con lo que pasó hace 40 años, es que esta vez las potencias medias no están jugando a enfrentar al Imperio, todo lo contrario. El G20 se ha convertido en un espacio de estrecha competencia, pero también de complicidad para decidir cómo manejar los asuntos globales. Es un escenario cómodo, seguro, informal, off-the-record, donde nadie tiene que dar cuentas a nadie. Un escenario donde hasta los problemáticos están invitados, precisamente para mantenerlos en cintura. Un escenario propicio para que luego Brasil o India puedan decir cómodamente que representan la pobreza global aunque con trajes de gala. Un mundo de consensos y ninguna resistencia, donde siempre hay nuevos aspirantes a obtener el poder o al menos parte de él. Este será el mundo del G20.

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