Monseñor Julio Parrilla

El desaliento ecológico

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Domingo 09 de febrero 2020

La verdad es que, después del COP de Madrid celebrado a principios de diciembre del 2019, me he vuelto a quedar patidifuso (palabra castellana que significa “quedarse parado de asombro”). Volví a pensar en el Encuentro de París en torno al clima del año 2015 y constaté, una vez más, la inmensa capacidad que el hombre tiene de tropezar en las mismas piedras sin inmutarse: discursos sin cuento, palabras solemnes y vacías, junto a una ausencia total de proyectos, propuestas y decisiones.

Creo que fue la universidad de Sídney la que analizó las consecuencias de haber desterrado las bolsas de plástico de los supermercados, lo que reflejó fue un espectacular aumento en la venta de bolsas de basura, de tal forma que el beneficio ecológico se esfumó. Algunos prefirieron utilizar bolsas de papel. Como en el uso restringido de las bolsas de plástico, lo del papel sonó bien, pero su uso, de hecho, supone un vertido de millones de toneladas de CO2 a la atmósfera. Como siempre suele pasar en estos casos, el destino de nuestros residuos tóxicos acaban siendo las reservas de agua dulce y los mismos océanos.

Cosas así causan desaliento, hasta el punto de pensar que lo que podamos hacer individualmente apenas significará algo en el conjunto del problema. Otros, con fuertes intereses en la industria, se aprovecharán, pendientes como están de defender sus beneficios empresariales. Ante el desaliento de los ecologistas, incluso el mismo negacionista Mr. Trump aprovechará la oportunidad para marcar sus cartas y seguir gritando que aquí no pasa nada. ¡Vaya si pasa! Que no seamos capaces de tomar medidas a tiempo, oportunas y radicales, que no podamos encontrar caminos equilibrados de vida humana y conservacionista, no quiere decir que debamos de quedarnos con los brazos cruzados...

A los políticos debemos de exigirles que solucionen nuestros problemas: ellos deben priorizar el compromiso de salvar el planeta, y deben de comprometernos a todos en semejante tarea. Es un enorme escándalo que los países que más contaminen estén siempre ausentes de los foros internacionales.

Todos nosotros, creyentes o no, debemos de fomentar formas de vida ecológicas que nos ayuden a vivir con mayor austeridad y equilibrio. Cada pequeño gesto, reciclar una botella, reutilizar una bolsa de plástico, clasificar los residuos, comer orgánicamente, no tirar basura, comer lo necesario, plantar y reforestar,… son actividades que no sólo nos humanizan, sino que harán más habitable nuestro mundo.
Pretender un mundo ecológico sin educación ecológica sería una quimera. El bienestar nos exige una buena educación ecológica que nos haga responsables de los residuos que producimos. Tenemos que recuperar la ética, y tal vez ella nos ponga de nuevo en el camino de la razón. El desaliento y la pasividad nos conducen a la catástrofe.