Rodrigo Fierro

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Jueves 14 de noviembre 2019

rfierro@elcomercio.org

Cuando escribo el artículo de opinión que saldrá publicado en este Diario, me asiste un derecho, el de opinar, eso sí muy consciente de la responsabilidad que supone tal privilegio. Así he procedido desde hace 40 años, a sabiendas, desde luego, de los anatemas divinos que me pueden caer encima, juicios penales incluidos.

Estoy que ya no resisto. Eso de los saberes ancestrales (todos empíricos), eso de las nacionalidades, lo de la educación bilingüe, las movilizaciones de los indígenas de la provincia del Cotopaxi, la capital de mi pequeño Ecuador invadida por compatriotas que a lo mejor no comparten mis sentimientos de patria pues apenas llegan al pequeño espacio que supone una comarca.

Me siento mestizo hasta la médula del alma. Mis rasgos fisionómicos y el español que hablo son mis cédulas de identidad. He tratado de honrar mis dos ancestros, aunque debo confesarlo el corazón me latió con más fuerza, con más coraje, cuando visité el Cusco que cuando viví en Madrid. He participado en esa lucha incansable de los médicos ecuatorianos por mejorar la situación de salud-enfermedad de los compatriotas de menores recursos económicos.

A mi juicio, las movilizaciones de octubre último fueron preparadas con antelación. Maestros en subvertir el orden público, cubanos y venezolanos, vinieron con tal propósito (en mi pueblo dos venezolanos). Los discípulos ecuatorianos, los encapuchados de las movilizaciones, se las sabían todas. Dos mil indígenas en las calles de Quito, moviéndose de aquí para allá, bien mandados, en el plan de asediar al Palacio de Carondelet, sede del Gobierno. Militares y policías defendiéndose de los encapuchados. La Contraloría en llamas. El presidente Lenín Moreno refugiado en Guayaquil. Millones de dólares supuso tal revuelta para quienes la organizaron. Como Venezuela y Cuba perecen de necesidad, aquellos caudales provinieron de las arcas del partido político que le tiene jurada a Lenín Moreno. Menos mal que el Presidente parece que se ha percatado que los indígenas que se movilizaron constituyen un grupo minúsculo de la población. Que uno de sus dirigentes Jaime Vargas es un ciudadano de pocas luces. El otro, Iza, en el dilema de proseguir un empeño de batallas arcaicas o de sumarse al hoy que es el resultado de una historia de cinco siglos en los que a los suyos, les ha correspondido tan solo el mérito de resistir.

Que estamos en deuda con uno de nuestros ancestros, es verdad. A lo que hemos llegado: Abolición del huasipungo, el Programa Nacional de Medicina Rural, el repoblamiento de los páramos con alpacas, vicuñas y llamingos. El empeño: un Programa Nacional de Desarrollo Agrícola; educación de calidad; yodo en sal, hierro en harina de trigo; el imperio de la justicia, “derechos humanos y libertades para todos”.