Fernando Tinajero

La democracia: paradojas y ficciones

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Jueves 15 de agosto 2019

Cuatro son los pilares que sostienen eso que llamamos democracia, pero ninguno es una realidad hecha y terminada: son más bien como tareas de cuyo cumplimiento depende que pueda nacer y crecer lo que desde el principio es su finalidad. Como todo lo que vale en este mundo (Dios, el amor, la alegría, la belleza) esos pilares tienen un enorme ingrediente de ficción, y esa es su paradoja.

El primero es la libertad: capacidad de elegir sin coacción entre las opciones posibles. Pero no solo de elegir, sino de realizar el designio de la voluntad al elegir. Si en una sociedad hay una brecha abismal entre los que tienen más recursos y los que tienen menos, solo los primeros son propiamente libres: para los otros queda apenas la ficción. Si alguien proyecta fortalecer la democracia, comience pensando qué hará para reducir esa brecha: Escandinavia lo logró hace mucho tiempo.

El segundo pilar es la soberanía popular: capacidad, radicada en el pueblo, de decidir en última instancia. Solo que el “pueblo” no existe (lo que hay realmente es un conglomerado de individuos económica, social y culturalmente desiguales), y nadie cree seriamente que tal conglomerado tome las decisiones finales: el flautista de Hamelin se llama ahora grupo de presión.

El tercer pilar es la supremacía de la ley. En nuestra América, que ha dado al mundo esa maravilla de imaginación que es el realismo mágico, no existe la seca severidad sajona, incapaz de ver más allá de la letra de la ley. Aquí las leyes se estiran, se encogen, se doblan, se perforan, se acomodan; tienen resquicios, agujeros, escondites. Por eso ha sido posible, en los últimos 40 años, encontrar soluciones “legales” para casi todo lo imaginable. Hasta para lograr que los muertos regresen el día de elecciones. Y todos conocemos a aquellos personajes que han alcanzado un verdadero virtuosismo en la materia.

El último pilar es muy sencillo y se llama independencia de poderes: como somos radicales, eso significa guerra o sumisión... o ambas cosas por turno. Y eso es todo.

A pesar de haberse desgastado por el uso, aún es válida la conocida ironía de Churchill: “La democracia es el peor sistema de gobierno, excepto todos los demás”. Siempre proclive a la corrupción, a la manipulación y al engaño, es decir, siempre a merced de enemigos que se alimentan de sus entrañas, exhibe tantos defectos que es inevitable la tentación de componerla de arriba a abajo, toda entera. Solo que hacerlo significa inevitablemente salir de ella, es decir, destruirla.

Hegel escribió que “el hombre es un animal enfermo de muerte”, y ahora sabemos que cualquier intento de sanar traspasa su propio límite y se torna inhumano. Correlativamente, cualquier intento de “corregir” la democracia siempre desemboca en dictadura. Gústenos o no, la democracia solo puede vivir en riesgo permanente, al borde de sí misma, y quizá por eso mismo es fascinante.