Farith Simon

Dejar de publicar

En junio del 2007 recibí una llamada desde EL COMERCIO; la directora general del diario, Guadalupe Mantilla, me invitaba a compartir mi punto de vista sobre la sentencia del Tribunal Constitucional que eliminaba las sanciones que impedían a los remisos estudiar, viajar o contratar, y que permitía garantizar de forma efectiva el derecho de los objetores de conciencia a no hacer el servicio militar, ya que se eliminaba la regla por la cual un oficial de las Fuerzas Armadas eran quien calificaba las razones del objetor y se establecía que el “servicio civil” no debía cumplirse en una instalación militar. En ese entonces formaba parte del equipo de la Clínica Jurídica del Colegio de Jurisprudencia de la Universidad San Francisco, que presentó la demanda; por eso la llamada. A partir de esa columna publiqué durante algunos años contribuciones como “columnista invitado”, hasta que dejé de enviarlas; años como “invitado” sonaba poco creíble, además de que tenía un espacio permanente en otro medio.

En septiembre del 2012, luego de una entrevista radial con Gonzalo Ruiz, en ese momento subdirector de este diario, conversamos sobre mis razones para dejar de enviar las columnas ¿te interesaría tener el espacio nuevamente? Por supuesto, contesté. Esa misma tarde me llamó y al poco tiempo reinicié mi colaboración. Siempre me sentí un privilegiado al tener este espacio para compartir mis ideas.

Eran épocas de acoso, insultos, descalificaciones y persecución a medios, columnistas y periodistas. Correa tenía el poder y escribir de forma crítica se había convertido en una actividad de riesgo: Emilio Palacio había sido procesado penalmente por una columna y dos periodistas de investigación juzgados por un libro. El “chilling effect” (el amedrentamiento) hacía su trabajo y eso que todavía no se había aprobado la oprobiosa Ley de Comunicación. Pese a todo en este diario se seguían leyendo opiniones críticas, noticias que ponían en evidencia los abusos del poder; seguía cumpliendo con su rol pese a que era obvia la menor cantidad de publicidad y el impacto de las redes sociales en los aspectos comerciales del periódico.

Entró en vigor la infame ley; se vendió el diario, se habló mucho del nuevo dueño, de sus negocios en los medios, de su cercanía al régimen. Llegó Moreno; fueron secuestrados y posteriormente asesinados tres periodistas en la frontera. Vino la pandemia, renunció el director general Carlos Mantilla; se despidió a periodistas, personas importantes y queridas fueron separadas o se separaron voluntariamente. Llegaron nuevos rumores y es evidente la tremenda gravedad de la crisis económica.

Me apenan las separaciones, me molesta la forma en que algunas se dieron, no ha desaparecido la incertidumbre por los cambios, pero nunca -antes o ahora- se me dijo de qué debía o no escribir, nunca se me censuró ni editó.

Desde mi primera columna el único compromiso que tengo es con mis convicciones y con ustedes; mientras pueda decir lo que pienso, sin ser parlante de nadie, en un medio democrático, seguiré publicando mis columnas en EL COMERCIO.

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