Alexandra Kennedy-Troya

Una declaración de amor

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Jueves 31 de enero 2019

Nunca dejé de amar. Más allá de las convenciones, de las certidumbres, de las limitaciones. Amé y amo cuanto tengo alrededor; miro, indago la vida con curiosidad; veo caer una hoja debilitada por el viento o por el peso del pequeño colibrí y me pregunto, me cuestiono siempre. No puedo dejar de inventar historias verdaderas o reales ficciones. El docente es o más bien debería ser esto, un encantador de serpientes que dota de vida y emociones a quien por alguna razón ha dejado de apasionarse por ella. Un docente te abre la mirada, te quita la respuesta unívoca para proponer múltiples y complejas realidades mutantes. Te sirve la mesa para el diálogo que los fortalece a ambos, maestro y pupilo; te abre la posibilidad de errar porque solo errando aprendes, enlazas y disfrutas descubriendo.

Estudiar con placer, por placer, impulsado por el eros emocional; provocando un alma que pugna por liberarle al ser humano de sus propios canceles. El arte y la educación son medios para alcanzar una buena vida. Todos somos seres creativos; más allá del mundo material que nos rodea podemos sin lugar a dudas ver más allá de las cosas, recurrir a los fenómenos que nos permiten conectarlos, contrastarlos, sabernos planetarios. Y el docente de vocación te abre y se abre los poros; y te lleva de la mano a romper con la especialización o la visión de túnel; te vuelca a recorrer otras rutas del saber y arroparlas en la tuya, aquella que por casualidad o vocación escogiste. Unos caminos se enlazarán con los destinos laborales otros no, pero todos servirán siempre para enriquecernos.

El aprendizaje, ay el aprendizaje que tanto nos duele, que tanto nos cuesta. Nos duele porque es punitivo, porque casi siempre viene desde el castigo y el poder de quien imparte. Porque en vez de engrandecer la maravillosa y latente vida de los seres humanos, los impugna, los empequeñece. Olvidamos como profesores que quien está frente, callado, mirándote, también tiene mucho que enseñarnos. Pero…lo enmudecemos, hacemos de él un número más para encumbrar nuestros propios egos.

Un profesor no es solo aquel que conoce el objeto que imparte, es o debe ser un modelo ético, un suscitador de preguntas y risas, de vivir juntos experiencias, de hacer de la hora de clase una puesta en escena vital, conmovedora, de llenar tu mochila de múltiples herramientas para crecer y patinar por la vida con seguridad.

A ustedes mis queridos estudiantes van dirigidas estas palabras que resumen imperfectamente lo que he pretendido vivir juntos en estos mis 40 años de dictar clases. A ustedes que me dieron ideas, abrazos, humor, nuevas canciones, pasos de baile, formas de plantar, títulos de canciones, aplausos; a ustedes con quienes compartí tantos desayunos ofrenda y tanto, tantísimo amor. ¡Gracias!