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Miércoles 26 de diciembre 2018

jzalles@elcomercio.org

En su maravilloso libro “El arte de amar”, Erich Fromm pregunta “¿Qué es dar?”, y en su extensa respuesta dice, en parte, que “la esfera más importante del dar no es la de las cosas materiales, sino el dominio de lo específicamente humano. ¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da de lo que está vivo en él –su alegría, su interés, su comprensión, su conocimiento, su humor.”

Son muy valiosos los posibles obsequios “en el dominio de lo específicamente humano” que enumera Fromm. Padres y madres que damos a nuestros hijos, y profesores que damos a nuestros estudiantes de nuestra alegría, interés, comprensión, conocimiento y humor colocamos cimientos de esencial importancia para su sano crecimiento, su desarrollo sicológico, emocional e intelectual, su futura madurez y felicidad, y su capacidad para amar y hacer felices a otros. Personas que damos a nuestros amigos y vecinos de nuestra alegría, interés, comprensión, conocimiento y humor contribuimos a una vida en comunidad que es mucho más agradable y segura que la que pueden vivir personas esencialmente aisladas unas de otras.

Dicho esto, hay otros bellos obsequios. Podemos respetar la esencial dignidad de todo ser humano, sin distinciones, prejuicios, pretensiones o desprecios, rencores o enemistades heredadas. Podemos agradecer lo que otros hacen por nosotros. A la mitad de la octava década de mi vida, ¡es tanto lo que debo agradecer y agradezco, y son tantas las personas hacia quienes siento infinita gratitud!

Podemos ser pacientes. Jugaba un día con una de mis nietas, quien ahora tiene seis años, a que ella tenía una tienda de abarrotes y yo era su cliente. Me “vendió” arvejas, choclos, pan. Cuando le pregunté cuánto le debía, me contestó que nada. “¿Nada?” le pregunté. “¿Segura?” “Segura,” me dijo, “no me debe nada, porque usted es muy paciente conmigo.”

Podemos acompañar. Mi padre contaba que en alguna ocasión había preguntado a un hombre muy mayor, jubilado muchos años, cómo estaba, y él le había respondido: “Vivo solo hace muchos años … solo … esperando la muerte”.

Y todos esos obsequios que podemos hacernos unos a otros pueden, por un lado, nacer de un sentido de mutualidad, una suerte de visión transaccional de la vida según la cual “te doy si tú me das”, o “te trato bien si tú me tratas bien” o, en relaciones difíciles, “yo cambio si tú cambias”. O, podemos obsequiar alegría, interés, comprensión, conocimiento, humor, respeto, agradecimiento, paciencia, compañía como dones que brotan de nuestro fueros internos porque, como plantea Fromm, el amor se ha convertido para nosotros en un estado del alma.