Enrique Ayala Mora

Los crímenes políticos

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Viernes 11 de enero 2019

eayala@elcomercio.org

El presidente García Moreno fue asesinado a machetazos a la luz del día frente al Palacio Nacional. El arzobispo Checa fue envenenado con el vino que tomó el Viernes Santo durante una ceremonia en la catedral de Quito. Eloy Alfaro fue asesinado y arrastrado con sus compañeros por las calles de Quito e incinerado en la “hoguera bárbara”. Fueron tres de una larga secuencia de crímenes que se ha dado en la historia del país, que merecen ser estudiados, no por mera curiosidad, sino porque los crímenes políticos son una suerte de “shock” social y ocasiones para visualizar las contradicciones de la realidad. Son como “radiografías” del cuerpo social.

Este es el tema del libro “El poder y la muerte, crímenes políticos en la historia ecuatoriana, 1830-1959”, que preparé con la colaboración de Sonia Fernández, Cecilia Ortiz, Jorge Rivadeneira, Germán Rodas, Jonatan Escobar y Catalina León Galarza. Los crímenes “políticos” en la vida del país son muchos. Al escribir sobre ellos se debe realizar una dificultosa selección. Eso es precisamente lo que hicimos al preparar el libro.

Ecuador nació en 1830 con un crimen: el asesinato del mariscal Antonio José de Sucre, cuyas consecuencias duraron años. Bajo el régimen de Flores, el primer presidente, varios de sus opositores, entre ellos periodistas, fueron asesinados. También lo fue Otamendi, su lugarteniente. García Moreno gobernó el país con represión y orden entre 1860 y 1875. La violencia que sembró la cosechó en su truculento asesinato. Los crímenes continuaron con la “sacrílega” muerte del Arzobispo Checa y Barba, y con la sospechosa eliminación del destacado político Vicente Piedrahita.

La Revolución Liberal (1895-1912) transcurrió con violencia. Bajo el gobierno de Alfaro se dieron varios asesinatos. Luego los revolucionarios se mataron entre ellos. El general Terán cayó bajo las balas de un marido celoso. En medio de la guerra civil fueron eliminados Montero, el propio Alfaro con sus cinco acompañantes, y el general Julio Andrade.

En los agitados años veinte los trabajadores recibieron su “bautismo de sangre”, con la matanza del 15 de noviembre de 1922. La primera presidencia de José María Velasco Ibarra tuvo su rasgo sangriento cuando apareció muerto el chofer presidencial. Arroyo del Río, el gobernante del desastre territorial de 1941 y cabeza de un régimen autoritario y represivo, creó varias víctimas que precipitaron la “Gloriosa” de 1944. En los años cincuenta se dio la muerte de Isidro Guerrero, víctima perenne del velasquismo. En 1959, una conmoción social en Guayaquil devino en una matanza en gran escala.

Allí concluye el libro “El poder y la muerte”, dejando para una ulterior publicación los crímenes políticos cometidos desde los sesenta hasta nuestros días, que fueron todavía más truculentos.