Creo, pero aumenta mi fe

Deseo lo mejor al nuevo Presidente y al nuevo Gobierno. Sin duda, es el deseo de millones de ecuatorianos que ven en esta nueva etapa del discurrir nacional una nueva oportunidad. Somos muchos los que rezamos para que no sea otra oportunidad perdida, para que el nuevo régimen suponga una vuelta real a la democracia y el horizonte de la patria vuelva a expandirse en la dirección del bien, de la justicia, de la libertad, de la equidad y de los derechos humanos. No será Jauja ni la Arcadia feliz, pero es suficiente con que estemos en el buen camino, el de una sociedad sin corrupción, sin pobreza severa, con trabajo y oportunidades, con cultura y destrezas bien sembradas en la conciencia de todos, con la suficiente calidad de vida como para sentir que somos personas respetables y respetadas, con principios y valores morales, con equidad social, libres de toda epidemia que carcoma nuestro cuerpo y nuestra alma. Lo cierto es que el Ecuador tiene que seguir buscando pacientemente su espacio en la democracia.

No soy yo quién para enseñarle nada a Don Guillermo. Porque todo lo que yo pueda decir él ya lo sabe y con creces, pero sí siento la necesidad de expresar lo que muchos llevamos en el corazón, víctimas de populismos que no necesariamente tienen que ser de “izquierdas”. El entrecomillado supone una radical desconfianza del correísmo, de su arbitrariedad y de su prepotencia, así como de todos los “ismos” que de forma recurrente acompañan el devenir político de nuestro pueblo. Después de catorce años de aventura última y penosa queda más claro que las ideologías acaban prostituyéndolo todo: repiten machaconamente que los gobernantes están al servicio del pueblo, pero el pueblo les importa un pepino.

Para el nuevo gobierno pido sabiduría y cercanía a los pobres, a los indígenas, a los campesinos, a los migrantes (los que salen y los que entran, motivados todos por la misma necesidad y esperanza). Pido la capacidad de ponerse en sus zapatos y de hacer con ellos camino e historia. El tiempo pasa deprisa y no se puede perder. La sociedad tiene motivos suficientes para ser crítica y fiscalizar palabras, acciones, gestos y omisiones. A Lasso se le mirará con lupa y cualquier gesto será significativo para bien o para mal. Las heridas de la crisis siguen abiertas y las podemos ver directamente en nuestras ciudades y pueblos en las colas del hambre y en el pesimismo reinante. La poca confianza en los líderes no es por casualidad. Por eso, mientras la pobreza no se revierta nadie dará al gobierno un cheque en blanco.

Posiblemente muchos ni siquiera se plantearon a quién votar… Fue suficiente con saber a quién no había que darle el voto. El nuevo gobierno tendrá que administrar bien no sólo los dineros sino también la esperanza de un pueblo que, víctima de la desigualdad aumentada por la pandemia, está hambriento de pan y de futuro.