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Con crampones

Con perseverancia, muchas discreción y enorme sentido de tolerancia, finalmente el equipo económico del Gobierno cerró el plan de este año. Lo hizo con dos anuncios de gran importancia: la renegociación de los bonos y el nuevo acuerdo con el FMI. Son dos escalones menos en la reconquista de los equilibrios macroeconómicos que desfiguraron todo el andamiaje de un programa que debería sostenerse en sus propios méritos y, no en la escalada de distorsiones que le pusieron al país en una resbaladera que, conforme se la transitaba tomaba velocidad y multiplicaba el riesgo de un desbarranco catastrófico. El Ecuador sigue transitando por una cuchilla andina, pero se puso crampones. El riesgo sigue vivo y hay que seguir enfrentándolo.

Los términos de estos dos acuerdos, especialmente en lo relativo a su impacto sobre la distensión del estrangulamiento financiero fiscal y externo, son evidentemente positivos y de alta conveniencia nacional. Ofrecen aire fresco. Alivian la angustia, pero lo más importante transmiten un mensaje que no hay que perderlo de vista: los problemas, por duros e inminentes o complejos (nacionales o privados) pueden y deben resolverse actuando de buena fe; respetando la ley y los contratos; ofreciendo resultados de compromisos en enmendar las causas que los ocasionaron (en lo que sea imputable) pero, incorporando de forma militante la participación de quienes fueron participes directos del derroche: los acreedores.

Cabe también la mención sobre el papel crítico que tienen los multilaterales, pues una vez más se ha visto el valor y oportunidad de sus decisiones. En este año el país no tenía una salida ordenada y peor con los daños del virus. Estaba en juego toda la estructura y el propio esquema económico. Se necesitaba soportes decididos y estos organismos, empezando por el FMI, han demostrado sentido de apoyo con gran sensibilidad social, pues los que ellos han entregado evitaron daños sociales superiores e incuantificables.

Sin embargo, no es momento de euforias. El tránsito hacia la obtención de una política económica sustentable tiene todavía un largo recorrido. Falta mucho por hacer en el campo fiscal. Es la piedra más dura de roer, pero no existe opción. La marginalidad laboral es una afrenta. Si no se formaliza el empleo, la seguridad social no tiene salida ni qué decir de la mitigación de la pobreza. La apertura económica (bien calculada) puede marcar los incentivos de la inversión privada y los límites de la discrecionalidad política. Recuperar el señorío de la política monetaria sacándola de la vergonzosa sumisión es parte de los cambios conceptuales indispensables para rescatar la dignidad nacional. Para todo eso, hay que seguir puestos los crampones.

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