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Con el corazón en la mano

Iremos a votar, ni dudarlo. Y lo haremos convencidos de la importancia de expresar nuestra voluntad opositora. Conscientes de que la voluntad de votar es mayoritaria en la ciudadanía venezolana y de que al abstenernos debilitamos esa voluntad y fortalecemos indirectamente a los enemigos de la democracia. Y fortalecerlo es un crimen imperdonable.
Pero lo anterior no impide que al votar desconozcamos los aspectos reprobables que vuelven a macular una vez más un proceso desnaturalizado ante festum por los abusos, la injusticia, la opacidad e ingentes irregularidades que lo pervierten.
Ni que lo hagamos con los disgustos que provoca la relativa permisividad con que actúa nuestra dirigencia frente a dichas flagrantes y evidentes irregularidades. Que en los hechos nos imponen pasar a juro bajo las horcas caudinas del ministerio electoral de un régimen proto totalitario. La verdad sea dicha sin ambages. Puede que en la Venezuela dictatorial se vote, pero bajo la condición de que no se hieran los presupuestos dictatoriales de un Régimen enfermo de ilegitimidad.
Lo que en el pasado se tradujo en dos sentencias: se vota, mas no elige. Y si se elige, no se empodera. Ya se encargará la dictadura de arrebatar atribuciones y castrar todas las aristas verdaderamente alternativas y contestarias del elegido.
De allí las dudas, las reservas, las aprehensiones bajo cuya presión deben votar los más conscientes de entre los ciudadanos. Aprisionados entre la espada del sometimiento al sistema castrador de las instituciones y la pared de desafección y falta de solidaridad frente al inmenso y valeroso esfuerzo de nuestros candidatos por romper el yugo de la dictadura.
Queda un tercer aspecto, que debiera reafirmar nuestra voluntad participativa y cuestionar de raíz al infértil e infructuoso abstencionismo sin proyecto alternativo ni destino inmediato: masificar la participación electoral, visto, como lo evidencian todas las encuestas y nuestra propia percepción, el ostensible declive del respaldo popular a la dictadura y el exponencial crecimiento del descontento y el rechazo al espurio e ilegítimo gobierno de Nicolás Maduro, no podrá menos que poner al descubierto el cáncer incurable que lo afecta y terminará por echarlo al basurero de la historia.
Bajo dichas condiciones, poner la dictadura frente al espejo de su impopularidad y obligarla una vez más a recurrir a la trampa, al abuso y al fraude no puede menos que empujarla a su debacle. Acumular fuerzas, ocupar espacios e ir desalojando a la dictadura son objetivos demasiado trascendentes como para abstenerse. Bajo esas premisas, votar el domingo 8 de diciembre es un imperativo categórico, histórico y moral. No hacerle, significaría traicionar el empeño por derrotar a la dictadura y avanzar hacia la reconquista de nuestra democracia.