Ernesto Albán Gómez

¿Qué hacer con el Consejo?

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Domingo 21 de abril 2019

Los muchos árboles que han brotado en los últimos días (Assange, INApapers, Vicuña, González, juicios políticos, la quiebra del IESS, etc.) como que han nublado nuestra vista y nos han ocultado el bosque. Y el bosque continúa allí inconmovible. Y escondido en el bosque, el obstáculo más grande que tiene ahora mismo la institucionalidad del país: la presencia del Consejo de Participación Ciudadana. Y es indispensable volverlo a poner en el primer plano.

Sí, hay que repetirlo una y otra vez. Con el respeto que se merecen como ciudadanos, quienes se candidatizaron y fueron elegidos como integrantes de ese Consejo, se trata de un organismo absolutamente extraño en el esquema de un sistema auténticamente democrático. Extraño y peligroso, como pudimos comprobarlo en el correato. Por eso nos parece inaceptable la posición de quienes como que están resignados a mantenerlo, porque ahora son otros sus miembros. Ese no es un argumento válido, pues no se trata de un problema de personas sino de instituciones.

Tampoco es suficiente alterar o disminuir las atribuciones del Consejo, para mediatizar el eventual peligro. No solo porque el camino constitucional para hacerlo es largo y pedregoso, sino porque, si se llegara a coronar, el resultado solo sería un parche, un parche molesto y de fea apariencia. Claro que en el país, las leyes están llenas de parches; pero al menos tratemos de evitarlas en la Constitución.

Ya se ha discutido demasiado sobre este asunto y la conclusión es terminante: el Consejo de Participación debe desaparecer.

El problema es el cómo. Pues la Constitución, redactada con evidente mañosería, es tan enmarañada en lo relativo a enmiendas y reformas constitucionales que desalienta a cualquiera. Por supuesto que no desalentó, pues manejaba a su antojo a las instituciones, a quien propuso las malhadadas enmiendas del 2015. No hay más remedio entonces que tomar ese camino largo y pedregoso, pero si se lo aborda debe ser para obtener el resultado de fondo: la eliminación del Consejo.

Para recorrer este camino, que es el previsto en el art. 442 de la Constitución, se cuenta con elementos a favor. En primer lugar, la opinión nacional, que se manifestó por medio de millones de votos nulos y en blanco en el proceso del 24 de marzo; luego, tenemos la certeza de que la Corte Constitucional dictaminará lo que corresponda en derecho; y se cuenta además con la decisión inquebrantable de ciudadanos ejemplares, como Julio César Trujillo que está dispuesto a emprender la ardua tarea de recoger firmas, algo más de 107 000, que son las necesarias para iniciar el proceso. Y luego vendrá el debate en la Asamblea y finalmente el referéndum aprobatorio.

Sigo pensando, por supuesto, que la Constitución de Montecristi es un engendro que también debería desaparecer. Pero, por ahora, concretémonos en lo más urgente.