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Martes 10 de septiembre 2019

Recuerdo las clases de psicología de uno de los grandes exprofesores de la PUCE, el padre Juan Espinosa Pólit, hermano del extraordinario sacerdote Aurelio Espinosa, traductor de los clásicos y jesuita como él. Al padre Juan le llamábamos, en voz baja y con afecto, ‘Shishipo’, quizá porque, educado en Europa, pronunciaba el castellano con particularidades que llamaban la atención de sus alumnos. Dictaba psicología y, entre los ‘mecanismos del defensa del yo’, se refería a la ‘introyección’, tan común entre los seres humanos.

Registro la breve definición del diccionario: ‘En psicoanálisis, proceso inconsciente por el cual un sujeto incorpora actitudes, creencias, etc., de un individuo o grupo de individuos, previa identificación con ellos’. El maestro ponía como ejemplo el caso de los choferes de casas ricas que, de tanto traer y llevar a sus ‘jefes’ se contagian de la ‘superioridad’ que expelen los señores, hasta reproducir en cuanto pueden sus gestos, hábitos, usos y consumos, de modo que dicha imitación viene a constituir en los conductores una como segunda naturaleza.

Todos conocemos a esposas de ejecutivos, abogados, diplomáticos, comerciantes, arquitectos, ¡políticos!, que se sienten y muestran más ejecutivas, embajadoras, abogadas, arquitectas, comerciantes y políticas que sus cónyuges, más decisivas para la patria, especialmente en sus relaciones con otras mujeres. Un ejemplo concreto y, por desgracia, común es la convivencia en edificios en condominio, donde los maridos, que ellas imaginan cargados de responsabilidades, prefieren que sean sus esposas las que los representen y administren el inmueble: aupadas por el poder introyectado, las condóminas esgrimen como propia la profesión de sus esposos –a veces, tan a fondo, que hasta se vuelven enemigas unas de otras, si el asunto lo exige…-; en el caso que cuento, administran el condominio y deciden compras, pinturas, policarbonatos, baldosas, macetas, jardines, lámparas y mil naderías costosas, por supuesto, porque su importancia personal corresponde directamente a la dimensión del gasto, y obligan a los copropietarios a cuotas imposibles. Los ‘castigos’ para quienes se les resisten suelen ser duros: exhiben sus nombres en grandes pizarras, a la vista de todos; predisponen contra la incumplida a porteros y guardias; mujeres, al fin, no paran hasta conseguir el vituperio general para las susodichas. He conocido edificios donde quitan el uso de servicios básicos a familias enteras. De este modo, la ansiada inclusión deviene en exclusión, esta también, de género.

En ciertos condominios, la vida para muchos se vuelve intolerable: los administran ellas a capa y espada; una vez entronizadas, salvo tan raras como notables excepciones, comienzan a recibir adulos o a producir pavor; ninguno de sus gestos denota dudas sobre su quehacer, sobre su posición, asumen que desde ‘lo alto’ lo merecen casi todo, como de nacimiento, por ser las que son, mujeres incluidas, por fin.

scordero@elcomercio.org