Fabián Corral

La condena al éxito

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¿El éxito personal es un ‘pecado social’ del que debemos redimirnos y pedir perdón, o es la meta deseable, la finalidad legítima y el motor del progreso? Este asunto es una de las claves de las ideologías. Es el secreto que explica por qué algunos pueblos avanzan y por qué otros, con los mismos recursos, fracasan. Estados fallidos son aquellos cuyas sociedades viven bloqueadas por los prejuicios contra el triunfo, envenenadas por la envidia y el resentimiento.

La descalificación del éxito está en el centro de las tesis que propician el igualitarismo a ultranza. Algunas vertientes del socialismo están empapadas de antipatía y condena a la prosperidad individual. La idea que proponen es que hay que ser radicalmente iguales y quedarse en la estatura espiritual y económica que señale el poder; así, pues, no hay que subir, hay que compartir la dulce mediocridad, hay que practicar la medianía en nombre de la justicia, hay que bajar la cuesta en nombre de la equidad.

Lo problemático es que semejantes ideas son contrarias a la naturaleza del hombre, que, por principio, es insatisfecho de su condición y ambicioso para sí, su familia y su grupo. Es un ser con proyectos de vida.

La sociedad es un entramado en el que la gente trata de superarse, no de descender. Los migrantes se van y viene porque viven frustrados por el bloqueo y la falta de oportunidades. La gente se va donde el éxito es posible, y donde el éxito es signo incuestionable de prestigio. No emigra a los sitios donde el triunfo individual es tacha política y prejuicio social.

La política articula ya sea el prejuicio contra el éxito o la promoción del triunfo como valor social. Max Webber cree que el progreso de los países se encuentra asociado con la índole moral de sus habitantes, con el espíritu de trabajo, la aspiración a ser mejores y la capacidad de producir cultura, tecnología, capitales y oportunidades. Con la capacidad de acumulación.
En cambio, hay otros que piensan que lo ‘bueno es ser pobre’, y plantean la pobreza no como el reto que debe superarse, sino como una especie de consigna, de condición inevitable que hay que extender a todos, como una especie de ‘virtud’.

El gran equívoco en la concepción de la justicia está en creer que ella consiste en repartir equitativamente las limitaciones, en hacer del Estado el dadivoso dispensador de favores. El problema es que para construir y afianzar un modelo basado en esas ideas se requiere tener siempre pobres disponibles como ‘masa crítica para la acción política’, y ese es el fundamento del populismo. Un pueblo de gente ‘echada para adelante’ huye de la pobreza, la combate con energía, busca triunfar, ser mejor, humana y económicamente.

¿Por qué emigra la gente, por amor a la pobreza y a la igualdad absoluta?